sábado, 19 de octubre de 2013

Razones para el desprecio



La noche
Como un anticipo
El recuerdo
Envuelve
Invade
No estoy nunca sola
Escribiré
Con los ojos cerrados
Para no volcar las lágrimas
Y manchar el papel
El mate ya está frío
No estoy sola
Ahí mi pena
Demasiado cerca
Para sentirme desolada
Verás la improbabilidad
De destruir mi refugio
Hace años que estoy acá

Pensé haber salido
Aquella vez que nos vimos
Pero ahora comprendo
Que te saludé desde la ventana
Mi medio cuerpo dentro
Atado, atado
Tengo mis grilletes
Acá nomás
Pesan
¿Los viste?
Cuando te asomaste
Te convidé un mate
Frío
Es lo que tengo
Llegarme a la hornalla es tan difícil
Y te perdería
Cuando volviera es seguro
No te encontraría
Y me sentiría desolada
Dejaría enfriar el mate
De nuevo
Para tomarlo sola
En compañía de mi pena
El grillete es sonoro
El grillete es mío
Creo
Ya no recuerdo
Cuándo apareció
Tengo siempre sueño
Y despierto soñándote
A vos, que no sos vos
Sino quien se acerca
No, no me acarices el rostro
Voy a llorar
Nadie me ha acariciado
Nadie me ha acariciado
Vos
Tu aroma se confundió con la primavera
Y ahora estás adentro
Sin que yo te lo haya permitido
Y ahora que de verdad la ventana está sola
Los grilletes duelen más
Porque es tu aroma lo único que me abraza
Y la sensación de la mejilla
Se extendió por mi cuerpo
Y ahora necesito
Reclamo
Que me corten el grillete
O cortarme la pierna
Entera
Que no quede rastro
De mi apresamiento
Y arrastrarme hasta afuera
Quizá te alcance
Si te has ido recién nomás
O quizá no
Quizá fue hace tanto tiempo
No sé del tiempo
Siempre sueño
Siempre duermo
Acá lo único
Es el grillete
Mi pena
El mate frío
Y esta maldita oscuridad
Ya casi no recuerdo el escozor de tu caricia
Ya casi que me siento mejor
Hoy podré dormir
Y no soñarte.

sábado, 24 de agosto de 2013

Devenir sólido



Escribir las frases
Que liberen mis tripas
Que me vacíen
                 Y me llenen
De una sustancia nueva.
Escribir las paredes
Que no existen
Con la sangre que me brota
De los ojos obstinados
En ver y ser vistos
Algo tétrico
Y dulce
Casi como el metal
Casi como quien se rasca
Casi como el sudor
O las lágrimas.

Disolverse en lo incorrecto
Como un deber
No me amedrentarán
Con sus dedos

Ella se encontró señalando
Lo que se debe
Lo que no se debe
Y se sintió plena
Al torcer su deseo
Pero la otra
Que también es ella
Lloró
Y perdió su tiempo
No su espacio
El espacio ya le era propio.
Entonces la dueña del tiempo
Que era también ella
Con su dedo rígido,
Y su sonrisa irónica
La siguió por las calles oscuras
Y aunque no le correspondiera
Ese camino
Debía bajarse ahí
En el mismísimo lugar
Que quien se apropió
Atropelladamente
Del espacio.

Ambas entraron
En el tugurio escarlata
Cubierto el techo de espejos
Y lentejuelas
Una porque debía
Porque pertenecía.
Otra, ya sin saber por qué,
Su dedo ya encogido
Sus certezas dudosas.

La primera fue despreciada
Al igual que la segunda
Y ahora no se distinguen
La una
-----------de la otra
Pero queda más bien la angustia
Y esas ganas irrefrenables
Inexplicables
De quedarse ahí
Para ser miradas.
Sencillamente
Para eso.

sábado, 13 de julio de 2013

Meditaciones de descarte

Es confuso el tiempo. Siempre vuelvo a pensar en él. Dejo la frase anterior así, ambigua. Adrede.
Siempre, esas palabras. Nunca, antes de hacer terapia había pensado que eran determinantes. Siempre consideré que eran exageradas, pero no determinantes. Siempre, siemper, nunca, nunca. No sé hablar sin usarlas.
No. También es determinante.
El tiempo, decía. Absurdo, va y viene. El pensar sobre el tiempo, todo el tiempo.

La última semana volvió a mí un pasado escalonado. Con fechas exactas y aproximadas. Como quien se topa con una agenda vieja y comienza a husmearla. Necesité reconectarme con ese pasado, si bien lo sabía muerto, caduco. Todo tiempo pasado fue... no sabremos si mejor ni peor, la certeza es que fue.
Los verbos son más exactos que los adverbios, y muchísimo más exctos que los adjetivos. Los sustantivos son difíciles de encontrar, los justos.
Desearía poder hablar solo con verbos.
Sin conjugar siquiera. O conjugándolos aleatoriamente. Decir, por ejemplo

Viajo dormía despertaré
subirá
anduvo
teme
dudo

Y mechar algunos quizáses, y un mientras tanto.

El gerundio es más correcto. Ando.
Mientras tanto el gerundio. Estoy pensando sobre el tiempo y las palabras. Voy viviendo, mientras tanto. La repetición no es un recurso estilístico sino un axioma.

Extraño.

Dejar la palabra suelta y no aclarar si adjetivo y verbo con la persona a cuestas. Creo que las dos cosas.

Vino a mí un libro de poemas de Emily Dickinson. Pienso en la poesía que rehuye de toda estructura. Y atraviesa el tiempo. Todo poeta es más allá de su tiempo, poeta, en su tiempo, pero más allá.

No, no es el deseo de trascender por el reconocimiento, sino el deseo irrefrenable de superar los límites absurdos que nos atan al presente. Sí, quisiera salir corriendo, hacia atrás, hacia adelante. Hacia atrás ir, y resolver lo no resuelto, y echarme en los brazos-pasto que extraño. Hacia adelante para mirar.

Pero tengo este pedacito de presente. Y es mucho. Mirarme la punta de los zapatos, un rato. Acá estoy.

Tomo ese brebaje que son los años y dudo de sus efectos.

Disfrutaré tu compañia, si así lo deseas. Yo ya no quiero pedir, yo necesito seguir andando, despacio, pero seguir andando.

Puede que te conviertas en pasado. Entre nosotros se va formando ese arroyo, ese río... no, no habrá puentes. Tan sencillamente porque no puedo hablar en futuro. Sólo veo bajo mis pies este río que se va formando, caminaré un rato por la orilla, mirándote, hasta que ... ya no te mire, con los ojos... Casi como ahora me van saliendo ojos en la espalda, que no siempre abro, por las dudas, para no confundirme.

No descender al lenguaje oscuro. Quedarse en el claro del río. El infinitivo es casi una orden, aunque no lo sea.

Pensar, sentir... cual es la diferencia?

Devenir... ese verbo hacía rato que no se me escabullía de los labios. Devenir. Eterno, dicen por ahí. Y yo, que sigo aún pensando en el tiempo. 

miércoles, 26 de junio de 2013

Mar adentro

Asombrada voy por la vida entretejida entre aquello que es sensación y lo otro que también lo es, pero su origen es externo.
Acá en las tripas un cuento melancólico, con Serrat de fondo. Esa precisa canción, de lo que pasa y lo que queda. Creo que mis tripas son de origen genético. Siento acá en el estómago la melancolía familiar, lo que es mío es la percepción de la misma. Escucho ese tema, y me siento en la mar... en el mar.
Hace rato voy soñando con barcos, los salto, los trepo, me duermo en los rincones. Nací con olor a río, pero el olor no era mío ni de mi cuna, el olor lo llevaban en los brazos mis padres, transmitidos por sus padres, y sus padres.
Después está lo otro, y sonrisa. Y sonrisa devuelta. El mundo me mira y me acaricia con olor a monte. Quién diría que es posible ser del monte y del río al mismo tiempo.

De a poco bajo mis pies, como el río que va más pronto que este barco que aún está amarrado al muelle, se me forma el pasado. Lo veo formarse, lento, como las figuras que se forman con las nubes. Un poco dudo del pasado que veo, porque es pura interpretación. Las nubes son nubes, y los hechos son hechos, pero ahí este gusto a melancolía que me prueba que es pasado. Y que ya se fue, por más que lo vea, cual si fueran las estrellas, las veo, pero la ciencia dice que puedo dudar de su actualidad. Cuando menos dudar.
Sin embargo ahí están. Y algo me dice que no podré alcanzarlas, por lo lejos en espacio y tiempo. Ningún brazo mío podrá atravesar el umbral entre lo que no fue y lo que es.

Maldita la hora en que nos pretendemos dueños de nuestra historia. Más bien la vamos viviendo, lo mejor que se puede, tratando de no sobreactuar, para no alertar a nadie, para que nadie piense que sabemos más de lo que sabemos. 

Ya no sé si te extraño a vos, o a quíen... creo más bien que me extraño a mí, en ese papel que sabía desempeñar porque lo había hecho un tiempo prudencial para aprenderlo. Ahora ando un poco a tientas, con técnicas aprendidas, tratando de que no se vislumbre la técnica, no debe ocurrir eso, debe vislumbrarse la carne hecha canción.

No debería escuchar la música que estoy escuchando.... me siento vieja en el pasado que se me acumula bajo los pies. Debiera desamarrar el barco, y zarpar. Y admitir que puedo navegar. Mar adentro.

martes, 28 de mayo de 2013

Ahora aún.

Ayer te lloré súbitamente. No me lo esperaba. Nada indicaba que fuera a suceder. Simplemente ocurrió. Como quien derrama un líquido por torpeza y se averguenza y llora y más líquido. Me avergonzó llorarte.
Ya no estás en el lado izquierdo de mi corteza cerebral, ahí escondido entre el cráneo y la masa gris, por encima de la oreja. Aunque para quitarte de ahí me haya quedado un poco sorda. Pero ya no me duele ahí cuando te lloro.
Me duele el pecho. Entre los dos pechos, y quizá un poco más arriba, justo en la base del cuello, como un pequeño pinzamiento de un hilo que se estira y tira hacia abajo las amígdalas, y quizá también los ojos. Por eso quizá es que te lloré de repente.
Escucho música que no me recuerda a vos, sino a este dolor acá en la base del cuello, porque es un dolor que es genérico más bien, que ya lo tuve, entonces no quiero pensar que es tuyo, sino más bien mío. Y soy yo la que tengo que lidiar con él. Como lidié con vos.

Ser y estar, lo mismo que yacer, son verbos que no pueden andar solos. Eso me enseñaron mal en la secundaria.
Porque la vida se empeña en dar cuenta de que yo soy, estoy, yazco (así se conjugaba?) sola.

En el fondo de mi cpu suena Alanis Morissette. Swallow it down like a jagged little pill.... y así . Un poco debo decir que estoy cansada de crecer. Me duelen las articulaciones todas. Quisiera un tiempo de detenerme, contraída, como los pies de las ninfas, aunque me deforme.
Quiero descansar, quiero no dolerme más de lo que dejo atrás de mí.
No te lloré a vos, me lloré a mí, la que de mí te quedaste, que ya no puede volver a ser de ninguna manera porque los malditos procesos de conciencia son así, irreversibles.

Años me pasé anclada en la palabra Irrecuperable. Hoy es la irreversibilidad. Y es irreversible eso, la toma de conciencia. Siempre lo íntuí pero ahora lo sé, y eso también es toma de conciencia. Me duelo de lo que sé de mí ahora que antes al no saberlo podía plácidamente ignorarlo y ya. Andar a los tumbos puede ser muy sencillo.

No hay nada de vos que me tiente a volver, pero hay todo de mí que me invita a regresar, y no puedo. Y me duele. Ahora no sé quién soy, pero sé que soy yo. No sé si voy a gustarme, no sé si podré amarme por completo como creía que me amaba antes.

Todo todo está por verse y tengo miedo. Tengo miedo. De no ser la mujer que quise ser. De no poder serlo. Tengo miedo de descubrir el velo que me cubre y encontrarme con todo lo que traté de evitar. Tengo miedo de que lo que encuentre allí tenga el mismo carácter que la toma de conciencia.

Entonces ahí estoy yo, que yazco sola, y yo que estoy frente a mí misma, que no me animo a mirarme. Y yo soy la que debe mirar y la que yace. Sola en mi propia companía. Volver a mi propio útero para salir de una vez por todas. Y quizá la metáfora de la biopsia no fue nada más que eso, mirarme a través de los ojos clínicos mi propio útero para sentirme casa, para meterme ahí adentro aunque sea desde una pregunta, y salir hecha respuesta.... Ahora estoy aún en la caja negra. Ahora aún estoy pariendo-me.

sábado, 26 de enero de 2013

más sobre puertas

Hoja en blanco.
No temo.

Ayer lloré una angustia vieja. Me supo agria.
Supe sacar de ahí lo que no correspondía, pero no pude dejar de mirarlo.
Una relamida fría recorrió mi pecho.
Estuve ahí, esperando.

Maldije tantas veces la hora de la espera, que ahora no puedo esperar con paz.

Ese sabor agrio invadió mi garganta. Llorar, llorar. Estoy tan cansada, llorar también me inunda de aromas de antes, de olores alcanforados.

A mi alrededor todo se ordena. Es la amargura en mi garganta la que grita el desconcierto. Yo siempre fui la que no sabe ser amada.

Juro solemnemente no ser más yo, y ser un poco como el resto del mundo. Que vive y sufre, poquito, mucho, nada.

Esa capa arrugada que me cubre los ojos, todo fue hecho, dicho, y fue tanto que no puedo dejar de repetirlo.
Repetirlo para no olvidarlo, y no olvidarlo para que su vuelta no me tome por sorpresa.
Saber que estoy hablando de todo a la vez, y esperar que las yemas de mis dedos puedan con la velocidad de lo superpuesto.

De repente desperté frente a mil puertas. Sé que no podré abrirlas todas y pasar. Quisiera jugar, quisiera que todas dieran a un mismo jardín, y que fuera idéntico y distinto atravesar cualquiera. Poder volver, cuando me plazca, y el viento, y el viento.

Quizá sea así, quizá detrás de todas estas puertas hay un jardín, y no aquéllas bóvedas húmedas y oscuras que edificó mi angustia. Quizá salir es perder la angustia. Pero el amor duele tanto que se le parece. Y dudo.

Me llenaré de distracciones para evitarme. Pero algo me llama al silencio esta vez. Algo me dice a los gritos que debo descansar antes de partir.

No lloro cuando duermo. Eso hay que des ta car lo.

Verteré las lágrimas que quedan en una cantimplora, para lo que sea que me espere tras las puertas que decida cruzar. Cerraré los ojos y daré algunas vueltas, mareada atravesaré la que pueda, tanteando, para no golpearme. Todas allí, y yo de este lado. Pero esta vez es diferente, esta vez sé que camino.

Entonces lo amargo, lo ácido, lo agrio, como quien regurgita antes de tragarse el orgullo, el terror, el veneno. Y quizá sea eso que vuelve, como un recordatorio, para no volver.

Y no saber, mareada ya de tantas vueltas, quién va,
--------------------------------------------------------------quién vuelve.
Qué puerta, qué espera, qué angustia, qué miedo.

Me aferro al piso con las uñas hasta que todo pase, con los párpados apretados. Siento en mi cuello y en mis hombros la brisa de las puertas que se abrieron solas por mi vendaval. Me quedaré aún un rato, cegada. Hasta que decida ponerme en pie y caminar en diagonal, a donde me permita el equilibrio.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Acerca.

Vivir mil vidas en una vida.
Cada día que se aproxima veloz, y la toma de decisiones es un instante, en un aquí y ahora que no puedo separar. Y pongo mis brazos extendidos para tomar distancia como me enseñaron en la escuela, pero entonces estaba la maestra diciendo que no había que agarrar el hombro del compañero, que solo era una forma de medir la distancia oportuna, y yo pensaba en eso, pero ahí estaba el juego, y tomar el hombro del compañero, hasta que interioricé la regla, y la medida, y no tuve que extender el brazo para tomar distancia.
Ahora que todo está tan cerca que más que ver puedo oler y oir, me siento un poco desorientada. Debería concentrarme en los olores, para aprender a guiarme, cuando todo está sobre la cara, sobre los ojos, no sirven para mucho. Mejor cerrarlos, mejor confiar en el olfato, en el tacto. Cuando no hay distancia, sólo queda el tacto.

Dejé en el otro cuarto un desorden inconmensurable. Y todo remite a lo mismo, a las medidas. Lo inconmensurable no se puede, no se puede. Ese bendito control no existe en el terreno de la incertidumbre. Nostalgia las certezas mentirosas que me guiaban. Aún así tropezaba, porque las certezas mentían, y ahora que camino sin certezas, no me caigo, porque voy descalza arriesgándome a un dolor ahí en la planta del pie, ahí en el arco, ahí entre los dedos. Pero ese dolor, que es tacto, me alertará, me dirá, me explicará el camino. No, en nada se parece a ese otro dolor de la caída, este es un dolor en movimiento, de la constante pérdida de lo que se deja, porque se avanza, de los miles de nacimientos a tantas cosas diferentes, y entonces está bien volver al tacto y un poco al olfato, porque esos fueron los sentidos únicos que nos guiaron, aún cuando, bendito sea nuestro proceso evolutivo, teníamos la cabeza abierta para que crezca el cerebro. Hoy también, un poco, a costa del techo que me marcó un límite, y yo quise ponerme igual de pie, torpe como de costumbre, y me abrí la cabeza, pero también llegué hasta la ventana, esa que estaba igualmente abierta, entonces, aturdida aún por el golpe, me senté en el borde. Y no miré para abajo, ya había mirado mucho hacia abajo, me senté en el borde y confié en que podría levantar una pierna, y luego la otra. Y confié en que podría caminar por mi jardín, que no necesariamente es un abismo lo que está bajo la ventana. Eso precisamente, que no necesariamente es un abismo lo que está bajo la ventana.
Y ahí, un poco lejos aún, un poco improbable por la noche que se obstina, un poco sin conocer el aroma o la textura de la madera, esa cerca (busqué la palabra que quería decir, la pensé en inglés, y no la reconocía en castellano, claro, es una contradicción más hablar de la cerca que aún se encuentra lejos). Y llegarme hasta ahí, con los tilos que inundan mis fosas nasales, con los pastos que mojan mis pies, con este amanecer que se anuncia en mis hombros. Y llegarme hasta la cerca, posar mi mano sobre los nudos, oír el chirrido oxidado. Y abrirla.

martes, 30 de octubre de 2012

incertidumbre y concentración

El agua que cae como una condena ahí afuera. Hoy se fue la luz un buen tiempo. Pero eso del buen tiempo es casi una provocación, porque llueve de un modo incontrolable, sostenido e insoportable.
Decidí llevar el paraguas que estaba a punto de romperse, para que se rompiera del todo. Y por supuesto, se rompió.
Necesito desprenderme de todo, pero no lo hago. Esta vez no quiero irme.
Cuando se dan las oportunidades parecen obsequios, pero no lo son. ¡Cómo nos cuesta admitir lo que se merece! Nací con los puños cerrados, acostumbrada estoy a pelear, entonces cuando me acarician, cuando de a poco me acarician la mano y se va soltando, y se va a abriendo. Y ahora entiendo por qué la tendinitis, y por qué el dolor, porque es ese puño que tan cerrado, que tanto tiempo, y hoy que lo voy abriendo me duele tanto, de tantos años, de tanto dolor.

Ahí en el estómago hay una ansiedad indescriptible, no la describo pues. Está ahí.
El otro día lloré, mucho, casi del mismo modo en que cae esta lluvia. Pero dicen que es un temporal. Entonces pasará, y pasó, pero temporal también remite a algo grave, a chapas que se vuelan, a casas que se inundan y colchones que deben ser arrojados en la calle. Secar lo reutilizable y seguir, y seguir. Y aprovechar el espacio, el nuevo espacio que es el mismo pero tan otro, después del temporal.

Recuerdo lo dicho acerca de la ciudad después de la lluvia, y las bocinas, y los ecos, pero la cuestión es que acá llueve aún, pero esta lluvia, aún molesta, aún pesada, me moja y se lleva el peso con ella, no se queda para hacerme tiritar de frío. La dejo ir a la la lluvia, luego de tocar mi cuerpo. Y no siento frio, me seco el frío y agradezco la tibieza. Entonces soy más liviana, puedo mirar a través de esta lluvia. Como quien descorre una cortina. Como quien pone la cara en la cortina bien pegada a la ventana, y toda cortina es algo translúcida, entonces se puede ver, siempre se puede ver.

Respirar, despacito, no como quien está por dejar de respirar, sino como quien disfruta esa bocanada de aire húmedo, ese tilo que se interpone entre la podredumbre de lo inundado y los sentidos. Eso que puede ser hermoso si se quiere, y se quiere.

Andaré por el borde ese que te contaba, y no tendré el miedo de antes. Tendré un miedo nuevo, porque lo sentiré con mi piel y reconoceré mi piel mía y no ajena. Entonces esta mano puede dejar de doler, porque puedo hacer algo al respecto, no sé qué pero puedo.

Algo no se concluirá en lo que se escribe, porque esta lluvia es contínua.

Navegar en la incertidumbre
Más bien dejarse llevar
Como quien hace la plancha
Como quien deja de patalear y se dispone
A controlar la respiración.

Como si fuera tan sencillo.

Con cen tra ción.
Solo pensar en la sensación del agua en la espalda
Solo pensar en el aire en los pulmones y el estómago.
Pero pensar con la máxima seriedad posible.

Con solo un movimiento
Puedo hundirme
Con solo un movimiento
Puedo girar y nadar.
Con algunos movimientos más
Puedo huir y salir del agua.

Pero me quedo.

viernes, 29 de junio de 2012

Los otros astros

Pensé en la ternura. La nombré, en una noche de esas aturdidas. Salí en su búsqueda. Y la encontré, claro. Siempre encuentro lo que busco.
Pero también fui sorprendida. Ay, no quiero escribir un cuento de Bucay. Quisiera poder salir de esta lógica intimista, de lo femeneizante.
Una noche soñé que tenía un pene, era un pene como el pene suyo, era un pene conocido. Pero era mío, funcionaba a mi antojo. Claro como no sé cómo funciona, era algo así como una especie de control remoto en mi cerebro que lo movía cual si fuera un brazo. Jugaba con mi pene entonces. Me desperté triunfante. Me sentí poderosa.
Pero busqué ternura. Acepté una ternura extraña, y algo me dio fuerte en los tobillos.
No, no tengo pene. Pero soy fuerte, muy fuerte. No quiero ternura, no de esa mentirosa, no quiero palmaditas ni perfumes en el pelo, ya tengo mi perfume, mi mismísimo olor por todo el cuerpo. Huelo bien, y me perfumo, pero el perfume que me quieren poner es diferente.
No, no he de acomodarme en corset alguno, ni siquiera uno ortopédico. Soy esta masa amorfa que se dispersa. Soy esa mirada fija, que de todo duda. Y dudo porque pienso, y pienso porque existo. Descarto lo superfluo, me hundo en lo superfluo.
El vino, el vino.
La tele hace luces, sin ningún sentido.
Y cuando leas estas líneas, no comprenderás siquiera el punto.
Yo me alegro, yo me río, yo me alabo en la súplica tempestuosa que esperó consuelo.
Ser quien soy no me hace nada más que quien soy. Y no me descubro del todo.
Mis tobillos no llegan al piso todo el tiempo, solo a veces.
Cuando duerma soñaré con mi cuerpo, el mío. Y mañana amaneceré sola, de nuevo. Recuerdo poseerme como un acto de soberanía. Recuerdo encontrarme allá bien lejos, dentro mío.
Cuando quiso que me fuera y me quedara debí dudar al instante. Y confié, estúpida, estúpida. Ahora no quiero llorar, pero me cortaría el pene que no tengo, para arrojarlo lejos, porque me vulneré, me volví indefensa, porque ...

Espero que no llueva mañana, ya que quiero correr desnuda por un parque.
Espero que no dude mañana, cuando mis pies toquen el pasto.
Y espero sobre todo no caer, no caer. Preferiría antes de que suceda eso, atender a mis alertas y recostarme de espaldas, mirando el sol que nunca logra alcanzarse pero está en todas partes, en todos tiempos. Mirándote sol, que siempre estuviste, y siempre... y siempre fuiste sol.

domingo, 10 de junio de 2012

Una luna naranja y tibia

Me dijo esperanza. Y la palabra flotó en el aire hasta llegar a mi pecho. Fue una sensación cálida, sorpresiva. Tuve que llevar mis manos abiertas hasta ahí, para que no se escape. Pero la palabra vino a sellar una sensación que era mía previamente. La palabra que es del mundo exterior, que es siempre ajena aunque sea pronunciada por mis labios, sólo es articulada, existía previamente, afuera, tal como existe la sensación, adentro. Y decir sensción es decir una palabra que no expresa por completo lo que es eso, que existe dentro, que es un poco reacción ante el mundo, pero sobre todo producto original de nuestras vísceras. Eso, que digo sensación, que me dijeron esperanza, que no sé cómo se llama pero es tibio o tibia y es mío o mía, y está acá en el pecho, pero se extiende por todo el cuerpo, eso tomo con mis manos, con un estúpido temor a que se me escape.
Y no cuestiono cuando digo temor, o estúpido, porque lo quiero ajeno. Cuestiono el nombre de esto tibio, porque lo quiero mío.
Pensé en un color, y no era verde. Era más bien naranja. Mi esperanza, o esto tibio, es naranja. Como la luna que canta nanas en el pizarrón de primer grado. Mi esto tibio es naranja y es una luna, y es mío o mía. Y le digo luna, porque me parece que es más exacto que decir esperanza. Entonces mi luna es naranja y tibia, y está en mi pecho, pero se expande por el cuerpo.
Yo tengo una luna naranja tibia. Es sorprendente. Yo que siempre pensé que en mi pecho sólo había lunas grises o negras, que de poco servían más que para apretarme las tripas cuando lloro. Puedo decirlo ahora porque alguien allá afuerta le puso nombre, alguien dijo esperanza, pero yo digo luna naranja tibia, y es mía.
Y suelto mi pecho, porque no se va a escapar, porque las lunas no se escapan, giran un poco dentro nuestro en este caso, pero están ancladas a mi eje, a mi centro... Luna ¿Dónde está mi centro?.
Sonrío. Esto es una sonrisa. Porque es una expresión al mundo y se llama sonrisa. Sonrío por la luna, pero eso el mundo lo sabe ahora que lo escribo. De otro modo quedaría exclusivamente como secrteto entre yo y mi luna.
Piel. Entre mi luna y el mundo. Piel. Entre el mundo y esas otras tantas cosas que no tienen nombre pero sí colores y texturas, y sobre todo temperaturas y humedad. Piel entre el clima y mi clima, y, a veces, solo a veces, equilibrio térmico.
Digo piel. Sin agregados. Piel. Y un punto sigue ahí nomás, como una urgencia.
Si tocás la piel de mi pecho, que cubre el lugar exacto donde se duerme mi luna, pensé que me dolería. Y no fue así. Eso también fue una sorpresa. Mi luna naranja tibia ya no se inmuta frente a la caricia ajena, o será que esa caricia fue tan... No sé qué palabra ponerle. Iba a decir tibia, iba a decir tierna, iba a decir algo que nada tendría que ver con la caricia.La caricia fue exacta. Y la luna naranja tibia no se asustó. También es cierto que la luna naranja sabe que existe, porque alguien la nombró esperanza, y porque yo la nombré luna naranja tibia y admití que mi pecho es su órbita exclusiva. Sólo un nuevo comienzo, una explosión sin nombre podría arrancarla, arrancarme, y no sabría cómo se sucederían las cosas luego del caos. Pero no se puede prever lo caótico, no desde este centro naranja. Debería alejarme de mí, para calcular los pasos posibles que daría la luna naranja, previendo las posibles explosiones, para ubicarme donde caería, de existir esa explosión. Son puras presunciones, y aunque calcule el sitio exacto, la luna extraída de mí dejaría de ser tibia y sobre todo naranja. Es posible entonces que fuera más sencillo proponerme con los restos del espacio dentro mío recrear una nueva luna, tal vez más naranja y más tibia. Pero no, shhh, no, luna, no pensemos en eso. Hoy estás aquí, en mi pecho, y esa caricia exacta no te asustó.
Ahí al lado tuyo, pero un poco más en el cuello, ese nudo. Que se aprieta y se distiende según el color que pase por detrás de mis ojos. Se apretó un poquito, cuando hipoteticé sobre el futuro caótico. Me dá miedo perderme. Acá mis límites no son precisos, nunca lo fueron. Y eso lo sé, y es más claro cuando pienso en lo caótico por venir. Pero entonces, hay abrazos. Y esos muros de piel. Y esos muros de piel. Otra piel. Que delimita mi piel. Por eso la caricia es exacta y no asusta.
La luna naranja tibia tiene sueño. He de dormir ahora y soñar lo que sueñan quienes tienen lunas naranjas en el pecho. Y luego habré de ponerle palabras a esas entidades, para retenerlas aquí, de este lado, donde puedo verlas, y nombrarlas.