miércoles, 26 de junio de 2013

Mar adentro

Asombrada voy por la vida entretejida entre aquello que es sensación y lo otro que también lo es, pero su origen es externo.
Acá en las tripas un cuento melancólico, con Serrat de fondo. Esa precisa canción, de lo que pasa y lo que queda. Creo que mis tripas son de origen genético. Siento acá en el estómago la melancolía familiar, lo que es mío es la percepción de la misma. Escucho ese tema, y me siento en la mar... en el mar.
Hace rato voy soñando con barcos, los salto, los trepo, me duermo en los rincones. Nací con olor a río, pero el olor no era mío ni de mi cuna, el olor lo llevaban en los brazos mis padres, transmitidos por sus padres, y sus padres.
Después está lo otro, y sonrisa. Y sonrisa devuelta. El mundo me mira y me acaricia con olor a monte. Quién diría que es posible ser del monte y del río al mismo tiempo.

De a poco bajo mis pies, como el río que va más pronto que este barco que aún está amarrado al muelle, se me forma el pasado. Lo veo formarse, lento, como las figuras que se forman con las nubes. Un poco dudo del pasado que veo, porque es pura interpretación. Las nubes son nubes, y los hechos son hechos, pero ahí este gusto a melancolía que me prueba que es pasado. Y que ya se fue, por más que lo vea, cual si fueran las estrellas, las veo, pero la ciencia dice que puedo dudar de su actualidad. Cuando menos dudar.
Sin embargo ahí están. Y algo me dice que no podré alcanzarlas, por lo lejos en espacio y tiempo. Ningún brazo mío podrá atravesar el umbral entre lo que no fue y lo que es.

Maldita la hora en que nos pretendemos dueños de nuestra historia. Más bien la vamos viviendo, lo mejor que se puede, tratando de no sobreactuar, para no alertar a nadie, para que nadie piense que sabemos más de lo que sabemos. 

Ya no sé si te extraño a vos, o a quíen... creo más bien que me extraño a mí, en ese papel que sabía desempeñar porque lo había hecho un tiempo prudencial para aprenderlo. Ahora ando un poco a tientas, con técnicas aprendidas, tratando de que no se vislumbre la técnica, no debe ocurrir eso, debe vislumbrarse la carne hecha canción.

No debería escuchar la música que estoy escuchando.... me siento vieja en el pasado que se me acumula bajo los pies. Debiera desamarrar el barco, y zarpar. Y admitir que puedo navegar. Mar adentro.

martes, 28 de mayo de 2013

Ahora aún.

Ayer te lloré súbitamente. No me lo esperaba. Nada indicaba que fuera a suceder. Simplemente ocurrió. Como quien derrama un líquido por torpeza y se averguenza y llora y más líquido. Me avergonzó llorarte.
Ya no estás en el lado izquierdo de mi corteza cerebral, ahí escondido entre el cráneo y la masa gris, por encima de la oreja. Aunque para quitarte de ahí me haya quedado un poco sorda. Pero ya no me duele ahí cuando te lloro.
Me duele el pecho. Entre los dos pechos, y quizá un poco más arriba, justo en la base del cuello, como un pequeño pinzamiento de un hilo que se estira y tira hacia abajo las amígdalas, y quizá también los ojos. Por eso quizá es que te lloré de repente.
Escucho música que no me recuerda a vos, sino a este dolor acá en la base del cuello, porque es un dolor que es genérico más bien, que ya lo tuve, entonces no quiero pensar que es tuyo, sino más bien mío. Y soy yo la que tengo que lidiar con él. Como lidié con vos.

Ser y estar, lo mismo que yacer, son verbos que no pueden andar solos. Eso me enseñaron mal en la secundaria.
Porque la vida se empeña en dar cuenta de que yo soy, estoy, yazco (así se conjugaba?) sola.

En el fondo de mi cpu suena Alanis Morissette. Swallow it down like a jagged little pill.... y así . Un poco debo decir que estoy cansada de crecer. Me duelen las articulaciones todas. Quisiera un tiempo de detenerme, contraída, como los pies de las ninfas, aunque me deforme.
Quiero descansar, quiero no dolerme más de lo que dejo atrás de mí.
No te lloré a vos, me lloré a mí, la que de mí te quedaste, que ya no puede volver a ser de ninguna manera porque los malditos procesos de conciencia son así, irreversibles.

Años me pasé anclada en la palabra Irrecuperable. Hoy es la irreversibilidad. Y es irreversible eso, la toma de conciencia. Siempre lo íntuí pero ahora lo sé, y eso también es toma de conciencia. Me duelo de lo que sé de mí ahora que antes al no saberlo podía plácidamente ignorarlo y ya. Andar a los tumbos puede ser muy sencillo.

No hay nada de vos que me tiente a volver, pero hay todo de mí que me invita a regresar, y no puedo. Y me duele. Ahora no sé quién soy, pero sé que soy yo. No sé si voy a gustarme, no sé si podré amarme por completo como creía que me amaba antes.

Todo todo está por verse y tengo miedo. Tengo miedo. De no ser la mujer que quise ser. De no poder serlo. Tengo miedo de descubrir el velo que me cubre y encontrarme con todo lo que traté de evitar. Tengo miedo de que lo que encuentre allí tenga el mismo carácter que la toma de conciencia.

Entonces ahí estoy yo, que yazco sola, y yo que estoy frente a mí misma, que no me animo a mirarme. Y yo soy la que debe mirar y la que yace. Sola en mi propia companía. Volver a mi propio útero para salir de una vez por todas. Y quizá la metáfora de la biopsia no fue nada más que eso, mirarme a través de los ojos clínicos mi propio útero para sentirme casa, para meterme ahí adentro aunque sea desde una pregunta, y salir hecha respuesta.... Ahora estoy aún en la caja negra. Ahora aún estoy pariendo-me.

sábado, 26 de enero de 2013

más sobre puertas

Hoja en blanco.
No temo.

Ayer lloré una angustia vieja. Me supo agria.
Supe sacar de ahí lo que no correspondía, pero no pude dejar de mirarlo.
Una relamida fría recorrió mi pecho.
Estuve ahí, esperando.

Maldije tantas veces la hora de la espera, que ahora no puedo esperar con paz.

Ese sabor agrio invadió mi garganta. Llorar, llorar. Estoy tan cansada, llorar también me inunda de aromas de antes, de olores alcanforados.

A mi alrededor todo se ordena. Es la amargura en mi garganta la que grita el desconcierto. Yo siempre fui la que no sabe ser amada.

Juro solemnemente no ser más yo, y ser un poco como el resto del mundo. Que vive y sufre, poquito, mucho, nada.

Esa capa arrugada que me cubre los ojos, todo fue hecho, dicho, y fue tanto que no puedo dejar de repetirlo.
Repetirlo para no olvidarlo, y no olvidarlo para que su vuelta no me tome por sorpresa.
Saber que estoy hablando de todo a la vez, y esperar que las yemas de mis dedos puedan con la velocidad de lo superpuesto.

De repente desperté frente a mil puertas. Sé que no podré abrirlas todas y pasar. Quisiera jugar, quisiera que todas dieran a un mismo jardín, y que fuera idéntico y distinto atravesar cualquiera. Poder volver, cuando me plazca, y el viento, y el viento.

Quizá sea así, quizá detrás de todas estas puertas hay un jardín, y no aquéllas bóvedas húmedas y oscuras que edificó mi angustia. Quizá salir es perder la angustia. Pero el amor duele tanto que se le parece. Y dudo.

Me llenaré de distracciones para evitarme. Pero algo me llama al silencio esta vez. Algo me dice a los gritos que debo descansar antes de partir.

No lloro cuando duermo. Eso hay que des ta car lo.

Verteré las lágrimas que quedan en una cantimplora, para lo que sea que me espere tras las puertas que decida cruzar. Cerraré los ojos y daré algunas vueltas, mareada atravesaré la que pueda, tanteando, para no golpearme. Todas allí, y yo de este lado. Pero esta vez es diferente, esta vez sé que camino.

Entonces lo amargo, lo ácido, lo agrio, como quien regurgita antes de tragarse el orgullo, el terror, el veneno. Y quizá sea eso que vuelve, como un recordatorio, para no volver.

Y no saber, mareada ya de tantas vueltas, quién va,
--------------------------------------------------------------quién vuelve.
Qué puerta, qué espera, qué angustia, qué miedo.

Me aferro al piso con las uñas hasta que todo pase, con los párpados apretados. Siento en mi cuello y en mis hombros la brisa de las puertas que se abrieron solas por mi vendaval. Me quedaré aún un rato, cegada. Hasta que decida ponerme en pie y caminar en diagonal, a donde me permita el equilibrio.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Acerca.

Vivir mil vidas en una vida.
Cada día que se aproxima veloz, y la toma de decisiones es un instante, en un aquí y ahora que no puedo separar. Y pongo mis brazos extendidos para tomar distancia como me enseñaron en la escuela, pero entonces estaba la maestra diciendo que no había que agarrar el hombro del compañero, que solo era una forma de medir la distancia oportuna, y yo pensaba en eso, pero ahí estaba el juego, y tomar el hombro del compañero, hasta que interioricé la regla, y la medida, y no tuve que extender el brazo para tomar distancia.
Ahora que todo está tan cerca que más que ver puedo oler y oir, me siento un poco desorientada. Debería concentrarme en los olores, para aprender a guiarme, cuando todo está sobre la cara, sobre los ojos, no sirven para mucho. Mejor cerrarlos, mejor confiar en el olfato, en el tacto. Cuando no hay distancia, sólo queda el tacto.

Dejé en el otro cuarto un desorden inconmensurable. Y todo remite a lo mismo, a las medidas. Lo inconmensurable no se puede, no se puede. Ese bendito control no existe en el terreno de la incertidumbre. Nostalgia las certezas mentirosas que me guiaban. Aún así tropezaba, porque las certezas mentían, y ahora que camino sin certezas, no me caigo, porque voy descalza arriesgándome a un dolor ahí en la planta del pie, ahí en el arco, ahí entre los dedos. Pero ese dolor, que es tacto, me alertará, me dirá, me explicará el camino. No, en nada se parece a ese otro dolor de la caída, este es un dolor en movimiento, de la constante pérdida de lo que se deja, porque se avanza, de los miles de nacimientos a tantas cosas diferentes, y entonces está bien volver al tacto y un poco al olfato, porque esos fueron los sentidos únicos que nos guiaron, aún cuando, bendito sea nuestro proceso evolutivo, teníamos la cabeza abierta para que crezca el cerebro. Hoy también, un poco, a costa del techo que me marcó un límite, y yo quise ponerme igual de pie, torpe como de costumbre, y me abrí la cabeza, pero también llegué hasta la ventana, esa que estaba igualmente abierta, entonces, aturdida aún por el golpe, me senté en el borde. Y no miré para abajo, ya había mirado mucho hacia abajo, me senté en el borde y confié en que podría levantar una pierna, y luego la otra. Y confié en que podría caminar por mi jardín, que no necesariamente es un abismo lo que está bajo la ventana. Eso precisamente, que no necesariamente es un abismo lo que está bajo la ventana.
Y ahí, un poco lejos aún, un poco improbable por la noche que se obstina, un poco sin conocer el aroma o la textura de la madera, esa cerca (busqué la palabra que quería decir, la pensé en inglés, y no la reconocía en castellano, claro, es una contradicción más hablar de la cerca que aún se encuentra lejos). Y llegarme hasta ahí, con los tilos que inundan mis fosas nasales, con los pastos que mojan mis pies, con este amanecer que se anuncia en mis hombros. Y llegarme hasta la cerca, posar mi mano sobre los nudos, oír el chirrido oxidado. Y abrirla.

martes, 30 de octubre de 2012

incertidumbre y concentración

El agua que cae como una condena ahí afuera. Hoy se fue la luz un buen tiempo. Pero eso del buen tiempo es casi una provocación, porque llueve de un modo incontrolable, sostenido e insoportable.
Decidí llevar el paraguas que estaba a punto de romperse, para que se rompiera del todo. Y por supuesto, se rompió.
Necesito desprenderme de todo, pero no lo hago. Esta vez no quiero irme.
Cuando se dan las oportunidades parecen obsequios, pero no lo son. ¡Cómo nos cuesta admitir lo que se merece! Nací con los puños cerrados, acostumbrada estoy a pelear, entonces cuando me acarician, cuando de a poco me acarician la mano y se va soltando, y se va a abriendo. Y ahora entiendo por qué la tendinitis, y por qué el dolor, porque es ese puño que tan cerrado, que tanto tiempo, y hoy que lo voy abriendo me duele tanto, de tantos años, de tanto dolor.

Ahí en el estómago hay una ansiedad indescriptible, no la describo pues. Está ahí.
El otro día lloré, mucho, casi del mismo modo en que cae esta lluvia. Pero dicen que es un temporal. Entonces pasará, y pasó, pero temporal también remite a algo grave, a chapas que se vuelan, a casas que se inundan y colchones que deben ser arrojados en la calle. Secar lo reutilizable y seguir, y seguir. Y aprovechar el espacio, el nuevo espacio que es el mismo pero tan otro, después del temporal.

Recuerdo lo dicho acerca de la ciudad después de la lluvia, y las bocinas, y los ecos, pero la cuestión es que acá llueve aún, pero esta lluvia, aún molesta, aún pesada, me moja y se lleva el peso con ella, no se queda para hacerme tiritar de frío. La dejo ir a la la lluvia, luego de tocar mi cuerpo. Y no siento frio, me seco el frío y agradezco la tibieza. Entonces soy más liviana, puedo mirar a través de esta lluvia. Como quien descorre una cortina. Como quien pone la cara en la cortina bien pegada a la ventana, y toda cortina es algo translúcida, entonces se puede ver, siempre se puede ver.

Respirar, despacito, no como quien está por dejar de respirar, sino como quien disfruta esa bocanada de aire húmedo, ese tilo que se interpone entre la podredumbre de lo inundado y los sentidos. Eso que puede ser hermoso si se quiere, y se quiere.

Andaré por el borde ese que te contaba, y no tendré el miedo de antes. Tendré un miedo nuevo, porque lo sentiré con mi piel y reconoceré mi piel mía y no ajena. Entonces esta mano puede dejar de doler, porque puedo hacer algo al respecto, no sé qué pero puedo.

Algo no se concluirá en lo que se escribe, porque esta lluvia es contínua.

Navegar en la incertidumbre
Más bien dejarse llevar
Como quien hace la plancha
Como quien deja de patalear y se dispone
A controlar la respiración.

Como si fuera tan sencillo.

Con cen tra ción.
Solo pensar en la sensación del agua en la espalda
Solo pensar en el aire en los pulmones y el estómago.
Pero pensar con la máxima seriedad posible.

Con solo un movimiento
Puedo hundirme
Con solo un movimiento
Puedo girar y nadar.
Con algunos movimientos más
Puedo huir y salir del agua.

Pero me quedo.

viernes, 29 de junio de 2012

Los otros astros

Pensé en la ternura. La nombré, en una noche de esas aturdidas. Salí en su búsqueda. Y la encontré, claro. Siempre encuentro lo que busco.
Pero también fui sorprendida. Ay, no quiero escribir un cuento de Bucay. Quisiera poder salir de esta lógica intimista, de lo femeneizante.
Una noche soñé que tenía un pene, era un pene como el pene suyo, era un pene conocido. Pero era mío, funcionaba a mi antojo. Claro como no sé cómo funciona, era algo así como una especie de control remoto en mi cerebro que lo movía cual si fuera un brazo. Jugaba con mi pene entonces. Me desperté triunfante. Me sentí poderosa.
Pero busqué ternura. Acepté una ternura extraña, y algo me dio fuerte en los tobillos.
No, no tengo pene. Pero soy fuerte, muy fuerte. No quiero ternura, no de esa mentirosa, no quiero palmaditas ni perfumes en el pelo, ya tengo mi perfume, mi mismísimo olor por todo el cuerpo. Huelo bien, y me perfumo, pero el perfume que me quieren poner es diferente.
No, no he de acomodarme en corset alguno, ni siquiera uno ortopédico. Soy esta masa amorfa que se dispersa. Soy esa mirada fija, que de todo duda. Y dudo porque pienso, y pienso porque existo. Descarto lo superfluo, me hundo en lo superfluo.
El vino, el vino.
La tele hace luces, sin ningún sentido.
Y cuando leas estas líneas, no comprenderás siquiera el punto.
Yo me alegro, yo me río, yo me alabo en la súplica tempestuosa que esperó consuelo.
Ser quien soy no me hace nada más que quien soy. Y no me descubro del todo.
Mis tobillos no llegan al piso todo el tiempo, solo a veces.
Cuando duerma soñaré con mi cuerpo, el mío. Y mañana amaneceré sola, de nuevo. Recuerdo poseerme como un acto de soberanía. Recuerdo encontrarme allá bien lejos, dentro mío.
Cuando quiso que me fuera y me quedara debí dudar al instante. Y confié, estúpida, estúpida. Ahora no quiero llorar, pero me cortaría el pene que no tengo, para arrojarlo lejos, porque me vulneré, me volví indefensa, porque ...

Espero que no llueva mañana, ya que quiero correr desnuda por un parque.
Espero que no dude mañana, cuando mis pies toquen el pasto.
Y espero sobre todo no caer, no caer. Preferiría antes de que suceda eso, atender a mis alertas y recostarme de espaldas, mirando el sol que nunca logra alcanzarse pero está en todas partes, en todos tiempos. Mirándote sol, que siempre estuviste, y siempre... y siempre fuiste sol.

domingo, 10 de junio de 2012

Una luna naranja y tibia

Me dijo esperanza. Y la palabra flotó en el aire hasta llegar a mi pecho. Fue una sensación cálida, sorpresiva. Tuve que llevar mis manos abiertas hasta ahí, para que no se escape. Pero la palabra vino a sellar una sensación que era mía previamente. La palabra que es del mundo exterior, que es siempre ajena aunque sea pronunciada por mis labios, sólo es articulada, existía previamente, afuera, tal como existe la sensación, adentro. Y decir sensción es decir una palabra que no expresa por completo lo que es eso, que existe dentro, que es un poco reacción ante el mundo, pero sobre todo producto original de nuestras vísceras. Eso, que digo sensación, que me dijeron esperanza, que no sé cómo se llama pero es tibio o tibia y es mío o mía, y está acá en el pecho, pero se extiende por todo el cuerpo, eso tomo con mis manos, con un estúpido temor a que se me escape.
Y no cuestiono cuando digo temor, o estúpido, porque lo quiero ajeno. Cuestiono el nombre de esto tibio, porque lo quiero mío.
Pensé en un color, y no era verde. Era más bien naranja. Mi esperanza, o esto tibio, es naranja. Como la luna que canta nanas en el pizarrón de primer grado. Mi esto tibio es naranja y es una luna, y es mío o mía. Y le digo luna, porque me parece que es más exacto que decir esperanza. Entonces mi luna es naranja y tibia, y está en mi pecho, pero se expande por el cuerpo.
Yo tengo una luna naranja tibia. Es sorprendente. Yo que siempre pensé que en mi pecho sólo había lunas grises o negras, que de poco servían más que para apretarme las tripas cuando lloro. Puedo decirlo ahora porque alguien allá afuerta le puso nombre, alguien dijo esperanza, pero yo digo luna naranja tibia, y es mía.
Y suelto mi pecho, porque no se va a escapar, porque las lunas no se escapan, giran un poco dentro nuestro en este caso, pero están ancladas a mi eje, a mi centro... Luna ¿Dónde está mi centro?.
Sonrío. Esto es una sonrisa. Porque es una expresión al mundo y se llama sonrisa. Sonrío por la luna, pero eso el mundo lo sabe ahora que lo escribo. De otro modo quedaría exclusivamente como secrteto entre yo y mi luna.
Piel. Entre mi luna y el mundo. Piel. Entre el mundo y esas otras tantas cosas que no tienen nombre pero sí colores y texturas, y sobre todo temperaturas y humedad. Piel entre el clima y mi clima, y, a veces, solo a veces, equilibrio térmico.
Digo piel. Sin agregados. Piel. Y un punto sigue ahí nomás, como una urgencia.
Si tocás la piel de mi pecho, que cubre el lugar exacto donde se duerme mi luna, pensé que me dolería. Y no fue así. Eso también fue una sorpresa. Mi luna naranja tibia ya no se inmuta frente a la caricia ajena, o será que esa caricia fue tan... No sé qué palabra ponerle. Iba a decir tibia, iba a decir tierna, iba a decir algo que nada tendría que ver con la caricia.La caricia fue exacta. Y la luna naranja tibia no se asustó. También es cierto que la luna naranja sabe que existe, porque alguien la nombró esperanza, y porque yo la nombré luna naranja tibia y admití que mi pecho es su órbita exclusiva. Sólo un nuevo comienzo, una explosión sin nombre podría arrancarla, arrancarme, y no sabría cómo se sucederían las cosas luego del caos. Pero no se puede prever lo caótico, no desde este centro naranja. Debería alejarme de mí, para calcular los pasos posibles que daría la luna naranja, previendo las posibles explosiones, para ubicarme donde caería, de existir esa explosión. Son puras presunciones, y aunque calcule el sitio exacto, la luna extraída de mí dejaría de ser tibia y sobre todo naranja. Es posible entonces que fuera más sencillo proponerme con los restos del espacio dentro mío recrear una nueva luna, tal vez más naranja y más tibia. Pero no, shhh, no, luna, no pensemos en eso. Hoy estás aquí, en mi pecho, y esa caricia exacta no te asustó.
Ahí al lado tuyo, pero un poco más en el cuello, ese nudo. Que se aprieta y se distiende según el color que pase por detrás de mis ojos. Se apretó un poquito, cuando hipoteticé sobre el futuro caótico. Me dá miedo perderme. Acá mis límites no son precisos, nunca lo fueron. Y eso lo sé, y es más claro cuando pienso en lo caótico por venir. Pero entonces, hay abrazos. Y esos muros de piel. Y esos muros de piel. Otra piel. Que delimita mi piel. Por eso la caricia es exacta y no asusta.
La luna naranja tibia tiene sueño. He de dormir ahora y soñar lo que sueñan quienes tienen lunas naranjas en el pecho. Y luego habré de ponerle palabras a esas entidades, para retenerlas aquí, de este lado, donde puedo verlas, y nombrarlas.

sábado, 5 de mayo de 2012

Crónica de sábado a la tarde

La semana se agita como un ... me falta la palabra, pongo la definición. Recipiente metálico usado por barmen y barwomen para preparar tragos. Bueno, cosas, muchas.
Duermo. Mucho, sin dormir.
Sueño con una casa con paredes blancas, con sillones blancos y enormes, con una mesa enorme y sillas negras altas, con un florero multicolor como centro de mesa, con ventanales gigantes que dan a un jardín con pileta y una pantalla que no se ve contra una de las paredes blancas en la cual se proyecta una película. La casa es mía.
En el sueño mismo siento una extrañeza, varias extrañezas. Que no sueño con casas así, entonces no puede ser mía la casa. Otra extrañeza, estoy sola. Pero no me siento sola. MMM analizarme en terapia me quitó tanta metáfora enroscada. Hace escasos renglones esperaba volcar una angustia enorme, y caí en la simple sensación de que estar sola puede estar bien. Ando girando por otros bordes de la soledad, equidistantes al centro, como siempre.
La casa era sólida e iluminada, con entradas y salidas claras, pero sólo vi el living. Amplio, sencillo, funcional, con detalles acogedores (el centro de mesa). Y sí, así quiero mi casa. Creo que es una metáfora de la familia, y el solo hecho de poner esta palabra me hizo sacarla, y volverla a poner y dudar de publicar o no este texto.
No me sentía sola. De hecho hay cosas que no voy a nombrar del sueño porque las reservo al pudor de la durmiente.

Quizá cuando vuelva a dormir pueda recorrer ese jardín, e incluso nadar en la pileta. Ahora que lo escribo, y es dudoso claro porque cuando una narra un sueño todo se confunde, creo que lo hice, recuerdo algo azul, porque la pileta estaba iluminada y las paredes eran azules. Ahí afuera había una sensación entre dulce y fría, de nostalgia.

Quisiera ver los cuartos, cuando duerma de nuevo, quisiera incluso dormir en el sueño, y ver qué sueño en esa casa. Ya sé, ya sé, la casa soy yo, y punto. Pero quisiera ver qué hay más allá, y qué hay al lado también, no hay casas solas.

Bueno, antes de dormir en un programa de tv de cable me enseñaron a estornudar durante media hora aproximadamente, y ya entredormida, una escritora presentó un libro, que ni voy a decir el título porque ahora que recuerdo toda la pretendida originalidad del sueño no es tal, porque rondaba esto de la soledad y las mujeres, y bueno, claro, bah, claro no... no sé bien por qué comenzaron a nombrar la vagina con el término casa, casita... La verdad nunca lo había escuchado, o sea, yo trato, en la medida de lo posible de nombrar las cosas por su nombre. Y cómo está la casita, la mía se ve que bien, sola, pero bien. Raro, esto me da menos pudor que decir familia.

Creo que nada más debe ser dicho sobre este tema.

domingo, 19 de febrero de 2012

Líneas para pensar el Deseo 2

Hay un color, rojo. Pero tambièn negro. Hay pierna que se escapa. Hay noche, siempre noche. Tus ojos son pinzas quirùrgicas, que me abren y brillo Porque acà adentro todo el luz y se derrama. Nadie te roba Eulogia lo que das lo que das Cantando las frases màs incoherentes una sirena de pie. Benditas las horas de los vasos aquì en mi piel todo, todo y aùn la luna, y aùn la luna. Bailarè frenètica la danza tàcita del desvarìo. Y tus ojos, tus mil ojos saborearàn mi ausencia, mi huìda Y aùn cuando se sienta como una pequeña muerte Me desbordarà la vida. Luego bien cerca de mì estarè en mi propia presencia Y tus ojos que aùn miran y ahora me escondo y ahora me escondo. Y la noche es una capa que me oculta Y las làgrimas que bañaron mis pechos hoy de purpurina. Y el deseo siempre y ahora al dormir tanto y ahora al dormir no, no duermo sueño despierta.

Lìneas para pensar el deseo.

Hay un color, rojo. Pero tambièn negro. Hay pierna que se escapa. Hay noche, siempre noche. Tus ojos son un bisturì que me arrebatan de mì. Tus ojos que son muchos, que son miles, que son ciegos me arrebatan de mì. Triste y loca Eulogia Se le arremolina la pollera. Y desencantada nomàs de todos y todo ahì vas, atravesando la arena. Maldita la hora de las luces aquì en mi piel todo es màs blanco aunque el sol, aunque el sol. Bailarè al ritmo de los indignados de la propia realidad y tus ojos, tus mil ojos, saborearàn mi presencia. Me sentirè viva. Y muerta. Luego bien lejos de mì estarè sola. Y no querrè estarlo y tus ojos que ya no miran y ahora, ahora te busco. Y la noche tiene el mismo color que mi capa Y lo que sostiene mis pechos tiene el mismo color que mis làgrimas. Y el deseo siempre inconcluso y ahora dormir còmo. Y ahora dormir sola. Y ahora ya sin luz ser de nuevo desgraciadamente yo.