domingo, 6 de noviembre de 2011
emotions
Ya quedan muy pocos días por caer. Ansío y temo. Cuando el calendario termine veré la puerta, ahí, como una provocación insolente.
Dejé las palabras estancadas hasta tu vuelta. Y me obligué a olvidar que volverías. Para poder vivir en el medio, un poco aunque sea.
Pensar en mí. Pensar en mí. Pensar en mí.
Lo dije tres veces y siento que en el espejo a mis espaldas aparece el monstruo verde. Siempre verde. Pero no me da miedo lo verde, sólo lo aborezco.
Todo lo que odio de mí está ahí, cada vez que lo miro. Y ayer no me di cuenta, como no me doy cuenta casi siempre de las cosas, hasta que luego, a la distancia miro y analizo.
El púber decía que los sentimientos son acá (mano en el pecho) y las emociones son acá (mano en la frente). Todos dudamos, los sentimientos en el pecho... en eso hubo acuerdo, y la metáfora de la sangre, y lo que circula por dentro. Pero la mano en la frente quedó muy corta. Hubiera sido un poco engorroso tocarse todo el cuerpo para denotar dónde se ubican las emociones, y estuvo bien que así no se hiciera, pero lo cierto es que para llegar a la frente, a escribirse de tal modo que cuando una se mire al espejo pueda leerlas con claridad, las emociones deben ser dormidas a la fuerza, hipnotizadas, o extraídas con pinzas quirúrgicas. Eso o esperar que se entibien. No hay espejos que expliquen el momento de fervor.
Y esto lo escribo con la frente, qué alivio no sentir cuando no se siente.
Y escribo sentir y ahí nomás quisiera llorar de nuevo.
En el colectivo pasó de repente. Sentí miedo, mucho. Era estúpido, lo sé, pero sentí miedo. El loco se subió a gritar que nos iba a matar a todos, que todo era una mugre, que vendría por nosotros y por nuestros hijos. Y yo tuve miedo por los hijos que no tengo, porque entendí la amenaza. La escena no podía terminar bien. Y yo me bajé antes del colectivo. Porque estaba llorando, porque no mirarlo de frente y rezar y rezar, no fue suficiente para detener la angustia. Me quedaba por delante una hora de viaje, y el loco ahí, pegado a mi hombro. Si él no terminaba matándonos a todos terminaría yo, no podía tolerarlo, la presión adentro de mi cabeza crecía y crecía, y estaba tan pero tan sola. Quisiera que el señor que viaja al lado mío me abrace pero no quedaría bien. Me pego a él, como si su cercanía fuera a protejerme... el loco está pegado a mí, como si mi cercanía fuera a permitirle... Todos nos pegamos. Y yo siento mucha envidia por la gente que recién se sube, porque pueden decidir, pueden elegir, pueden irse lejos. Y siento mucha intriga por los que viajan como yo porque nadie dice nada. Y el loco grita, grita, que la presidenta está sola que pobre la presidenta... y sólo eso me faltaba. Tengo miedo de empezar a gritar yo, de ser tan loca como él. Y siento que soy la que está más expuesta, sólo a mí me toca el loco.
Me bajé del colectivo, en cualquier lugar, lloré mientras caminaba. En Chacarita. Caminé hacia el cementerio y me sentí dudosamente más segura. Los muertos no gritan, no joden. La gente, el ruido, el smog profundo. Puedo llorar y nadie lo nota. Quiero estar en casa, quiero meterme en la cama y dormirme, mucho, mucho. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas.
Digo esto tres veces y en el espejo no se aparece nada.
colectivo
Ya quedan muy pocos días por caer. Ansío y temo. Cuando el calendario termine veré la puerta, ahí, como una provocación insolente.
Dejé las palabras estancadas hasta tu vuelta. Y me obligué a olvidar que volverías. Para poder vivir en el medio, un poco aunque sea.
Pensar en mí. Pensar en mí. Pensar en mí.
Lo dije tres veces y siento que en el espejo a mis espaldas aparece el monstruo verde. Siempre verde. Pero no me da miedo lo verde, sólo lo aborezco.
Todo lo que odio de mí está ahí, cada vez que lo miro. Y ayer no me di cuenta, como no me doy cuenta casi siempre de las cosas, hasta que luego, a la distancia miro y analizo.
El púber decía que los sentimientos son acá (mano en el pecho) y las emociones son acá (mano en la frente). Todos dudamos, los sentimientos en el pecho... en eso hubo acuerdo, y la metáfora de la sangre, y lo que circula por dentro. Pero la mano en la frente quedó muy corta. Hubiera sido un poco engorroso tocarse todo el cuerpo para denotar dónde se ubican las emociones, y estuvo bien que así no se hiciera, pero lo cierto es que para llegar a la frente, a escribirse de tal modo que cuando una se mire al espejo pueda leerlas con claridad, las emociones deben ser dormidas a la fuerza, hipnotizadas, o extraídas con pinzas quirúrgicas. Eso o esperar que se entibien. No hay espejos que expliquen el momento de fervor.
Y esto lo escribo con la frente, qué alivio no sentir cuando no se siente.
Y escribo sentir y ahí nomás quisiera llorar de nuevo.
En el colectivo pasó de repente. Sentí miedo, mucho. Era estúpido, lo sé, pero sentí miedo. El loco se subió a gritar que nos iba a matar a todos, que todo era una mugre, que vendría por nosotros y por nuestros hijos. Y yo tuve miedo por los hijos que no tengo, porque entendí la amenaza. La escena no podía terminar bien. Y yo me bajé antes del colectivo. Porque estaba llorando, porque no mirarlo de frente y rezar y rezar, no fue suficiente para detener la angustia. Me quedaba por delante una hora de viaje, y el loco ahí, pegado a mi hombro. Si él no terminaba matándonos a todos terminaría yo, no podía tolerarlo, la presión adentro de mi cabeza crecía y crecía, y estaba tan pero tan sola. Quisiera que el señor que viaja al lado mío me abrace pero no quedaría bien. Me pego a él, como si su cercanía fuera a protejerme... el loco está pegado a mí, como si mi cercanía fuera a permitirle... Todos nos pegamos. Y yo siento mucha envidia por la gente que recién se sube, porque pueden decidir, pueden elegir, pueden irse lejos. Y siento mucha intriga por los que viajan como yo porque nadie dice nada. Y el loco grita, grita, que la presidenta está sola que pobre la presidenta... y sólo eso me faltaba. Tengo miedo de empezar a gritar yo, de ser tan loca como él. Y siento que soy la que está más expuesta, sólo a mí me toca el loco.
Me bajé del colectivo, en cualquier lugar, lloré mientras caminaba. En Chacarita. Caminé hacia el cementerio y me sentí dudosamente más segura. Los muertos no gritan, no joden. La gente, el ruido, el smog profundo. Puedo llorar y nadie lo nota. Quiero estar en casa, quiero meterme en la cama y dormirme, mucho, mucho. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas.
Digo esto tres veces y en el espejo no se aparece nada.
sábado, 17 de septiembre de 2011
tarde, confusa, y con sabor a mí
Al llegar a casa he de sacarme todo el maquillaje, todo lo que se pueda. Quedarán en mis ojos, en las comisuras de los labios, en los pliegues los restos, como de costumbre.
A cara lavada miraré la hoja en blanco. Algo en mí quiere llorar, algo en mí está seco.
Ahí en el borde, cuando el borde dejó de ser construido desde adentro y empezó a visualizarse desde fuera, como si alguien lo filmara y me mostrara los videos, el peligro.
¿A vos también tengo que dejarte? Algo en mí, el componente seco me dice que sí, que ya basta, que la grandilocuencia es demodé, que no llego a nada. Y lo húmedo quiere cubrirte con su abrazo tibio, y llorarte a mares, pataleando en la superficie. ¡Tanto pierdo de mí si te olvido!
Admitirme que en realidad siempre es mejor, que después daremos la batalla por comprender qué diablos quiso decir el universo, pero mientras tanto lo que es es lo mejor que puede ser. Y patalear hacia arriba, para salir a flote.
Hoy no siento que yo no… un poco sí, todo lo húmedo se relame en las múltiples heridas. Ser conciente. Tengo tantos deseos de llorarme, de dejarme caer. SÍ, señores, miro el borde, lo estuve viendo desde el principio, y tengo tantas ganas de dejarme caer.
Nosotros los sin miedo, que bailamos alegres al borde del abismo, nos ofrecemos para saltar, para hacernos pomada contra el suelo, reviviremos como el ave fénix, cada vez más fortalecidos, por eso queremos hacernos bolsa de ceniza, para fortalecernos, no conocemos otra forma de crecer más que los golpes. ¡Tanto nos golpearon siempre! Es por esto mismo que tus caricias y besos me resultaron siempre más de lo que podía llegar a comprender, y, maldita sea la tendencia religiosa, a endiosar lo misterioso. Sí, yo te he endiosado.
Admitir que te deseo, profanar los espacios entre nosotros, para hacerlos asibles. Me dije que .... me insistí... te volví carne, te deberé volver carne, para poder tocarte, para tocarte sin suspiros, sin andar por ahí produciendo ángeles. para tocarte como quien toca, con ganas de absorber, de morder, de pellizcar, de oler. Y admitir los celos. Escribir para que vos no leas, y lean otros, debo dejar estos juegos. Debo salir del laberinto, debo animarme a vivir la vida, como la vivo jugando otros juegos que son difíciles y peligrosos. Voy a buscar ese libro, el que regalé dos veces, voy a admitirme en la trama, en las uniones... voy a ver, voy ver...
para expropiarte de mí, para recuperarme. De tantos lugares debo recuperarme! Es que soy trozos de lo que podría llegar a ser. Sentarme, despacito, sentarme, balancear suavemente las piernas en el vacío, e ir pegando con delicadeza cada pieza, las que junté hasta el momento.
Eso, y admitir que se quieren cosas contradictorias, y que lo bueno de eso es que cuando el fracaso arribe, cuando se sepa que una de esas no se puede, será igualmente un triunfo, valga la contradicción.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Vivo con vértigo.
Leer y saber que es lo mismo.
El borde, la posible caída
La caída anterior
El dolor de espaldas.
Pero este vértigo es distinto
Pero este vértigo es distinto.
Es igual, porque me tira.
Es distinto, porque voy a poder volar
Porque vuelo.
Vivo con vértigo
Y es como “bailar al borde del abismo”
Vivo con vértigo, me vierto, me vierto,
Yo soy mi propia vertiente, y nada de esto tiene sentido.
Salvo seguir, luchar, romper, gritar.
Y aquello de que las señoritas no gritan
Aquí gritamos todos.
Yo grito, y no me importa nada si eso me impide ser señorita.
Me hice señorita hace rato
Me hago señorita todo el tiempo
No suelo usar pollera cuando quiero estar cómoda
A veces quiero estar incómoda,
Para ver cómo se siente
Y otras veces ando desnuda
Al final, quién diría
Mirarme de reojo y gustarme
Hay días que todo cuesta
Hay días de peso supremo
Pero el vértigo, todo es tan leve cuando el precipicio fue aceptado
Todo es tal leve, cuando caer es una consigna que sabe a viejo
Todo es tan leve, cuando se quiere volar
Entonces voy a pedalear en el aire,
Voy a mover bajo mi cuerpo esa masa informe
Voy a mover todo lo que sea necesario
Voy a, voy a… y si no puedo
Pues caeré…. Ya he caído antes y aún así se sobrevive.
sábado, 27 de agosto de 2011
Hay algo con la lluvia, ya lo he dicho miles de veces, millones de veces. He de repetirlo no hasta el cansancio sino hasta llegar a lo más cercano a una cabal comprensión, lo más cercano porque nada se comprende por completo, siempre está aquello misterioso, que según el día es temible, horrendo,o lo más atractivo... Misterium Tremendum, la experiencia de lo numinoso... pero también Fascinans... Maldito Otto, tenés mucha razón (y me permití un divague intelectualoide, perdón) El error es pensar que aquello tremendo y fascinante tiene que ver exclusivamente con lo religioso, tiene más bien que ver con lo perceptivo... digo yo, siento yo, hoy, que vuelvo a pensar a necesitar hablar de la lluvia, aún sabiendo que no podré decir todo, y que aquello que no pueda decir, aquello innombrable, porque de ser nombrado perderá su esencia si existe tal cosa con algo intangible, aquello innombrable es lo importante, lo único, lo verdadero...
Y me acerco, como siempre, girando a eso intangible, tentada estoy a abandonar el lenguaje, tentada e imposibilitada al mismo tiempo, como quien desea arrojarse al vacío pero previamente se ató la cintura a un mástil. El viento en mi cara es tan dulce, el vértigo mentiroso... no caeré no caeré...
Hay algo con la lluvia. Fue hermoso tomar mate mirando llover, escuchando un disco, cualquiera, miles de veces, también hasta el hartazgo, como quien habla de la lluvia. Y decir disco es una elección poética, porque cd, porque tecnología que pierde poesía. La lluvia es la misma, hermosa, pálida. Puedo estar en cualquier tiempo, viendo llover, puedo ser yo, o cualquier persona, viendo llover. Puedo mojarme si quiero, si saco mi mano por la ventana, y será una lluvia igual o similar a tantas otras...
La permanencia y el movimiento. Constante, una metáfora casi perfecta... Lo efímero y lo perenne. Lo que queda es el concepto, y la percepción del mismo... pero sobre todo esta cosa ambigua y maravillosa, bendición y castigo, posibilidad e impedimento... quisiera ejemplificar cada dicotomía pero perdería la magia, podría contextualizar mi percepción de la lluvia esta mismísima mañana, con las tareas y los permisos, pero sería traicionar el pacto secreto que alguien hizo por mí, y yo acepto... como acepto esta lluvia frente a la que no puedo hacer nada, ni cruces de sal ni postraciones, la lluvia cesará cuando ella lo desee. Y la imposibilidad completa es terrible y maravillosa. Ahí estás lluvia, con toda tu magnificencia, y sos apenas una llovizna, y de golpe una tormenta, yo puedo admirarte, mirarte, hundirme en vos, más no puedo dirigirte. Puedo cambiar mi conducta, puedo dirigirme, y aceptar las limitaciones que me imponés, puedo escaparme, puedo elegir correr el riesgo de agarrarme una bronquitis aguda y correr desnuda, o quedarme mirando hasta que ceses tu discurso largo e inverosímil.
Antes de tu llegada, ese techo oscuro que se nos abalanza... luego el piso húmedo, como una sábana helada... luego los sonidos aturdidos de los que ya he hablado... y mientras, esta sensación que aún a pesar de explicar algunas de tus múltiples aristas no puedo ponerla en palabras... esta sensación que se parece a un té con leche después de la escuela cuando tenía seis o siete años... esta sensación que se parece a los rompecabezas o los baños de vapor cantando la marinerita cuando atacaban los broncoespasmos... esta sensación que se parece a un beso, pero también a la falta del mismo.... Esta sensación que se parece sobre todo a las ganas de un abrazo, pero también a las ganas de correr, saltar y girar en mi propio eje hasta marearme.
Hay algo con la lluvia, hay un tango hermoso, que me recuerda a mi abuelo... de forma indirecta, porque en realidad me recuerda a la construcción que hice de él. Hay unas vidrieras con pollos y ropa girando, y también hay porotos en envases plásticos. Hay un juego de inundados sobre el sillón. Hay madre que juega.
Hay algo con la lluvia y de nada sirve la enumeración... hay algo de soledad (sin aclarar si esto es algo positivo o negativo porque más bien creo que es ambas cosas).
La próxima vez que llueva, te invito a casa, así entre los dos quizá se nos ocurre alguna forma de acercarnos a esta sensación, y produzcamos conocimiento... eso o bien simplemente miremos cómo llueve.
viernes, 26 de agosto de 2011
Pegote y mono... hipo y contractura
Me propongo escribir entrecortado, como con hipo. Daré rienda suelta a la primera idea, para que no se escape... oh contradicción dulcísima!
El mono en la espalda... That Monkey on your back... Una canción de Pulp. Pero miedo no tengo. Tengo un mono, que me jode, mucho, pero miedo no tengo.
Sigue la canción de Pulp. Cuando encuentres aquello que te falta... That thing you lack... no me falta, bueno sí me faltan muchas cosas, pero lo más importante aquí y molesto es que me sobra un mono.
Con el dedo pegoteado de mermelada no se puede escribir... pausa hípica.
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Aguantarse, aguantarse... y hacer todo de golpe... es un arte. Y todo es placentero y doloroso al mismo tiempo. A veces es una imposición del medio, a veces una elección personal, pero siempre implica sensaciones tan diversas... estoy hablando claro de las ganas de hacer pis... y la tecla con mermelada sigue interrumpiendo el curso correcto de las letrsasas.
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El cuidado personal, el aseo personal, algo de belleza, una belleza que se construye, que se arma, cotidianamente, con poquito, pero tan efímera, basta solo el peso del día, el paso del día, para que las ojeras naturales se vuelvan tan rebeldes que atraviesen cualquier maquillaje, y la sonrisa dibujada, se caiga simplemente, aunque no use pintalabios. Me aseo igual, limpita, nunca estoy peinada del todo, nunca lo estuve. Dejo que el viento me despeine, ocultando en realidad la imposibilidad de evitarlo. Parezco natural, cierto, pero también es cierto que no puedo hacer otra cosa, será que tengo una naturaleza muy fuerte, como una cuota de animalidad... ahora pienso que este mono en la espalda también debe andar en otros lados de mi cuerpo...
Y la tecla sigue pegajosa.
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La tecla no está más pegoteada, de tanto tocar y tocar, lo sucio se va. Es como el tiempo que pasa por encima, pero hoy no quiero hablar del tiempo, aunque debiera admitir que de golpe estoy apurada, cuando no quería estarlo, lo que pasa es que me dediqué a otros menesteres, y el mono sigue ahí, un poco confundido, porque hice tantas cosas que se mareó.
De todos modos, el mono, sigue pesando lo mismo, a pesar de las vueltas y de las fuerzas centrífugas, o centrípetas, nunca recuerdo bien cuál es cual... será por eso que el mono se queda.
Yo, por otro lado, me voy.
miércoles, 1 de junio de 2011
Tres minutos y un río.
En tres minutos cuento algo. Y pienso en mí, obvio, porque es más fácil y directo que pensar en otros… por las cosas que voy viviendo, no porque haya sido así siempre.
Acá hay bocinas, y sueño, mucho, pero estoy tan de pie, aunque no se crea, porque es bien difícil teclear cuando se está parada.
Basta de huevadas, cuando estaba en el colectivo me quedé dormida, y no soñé con vos porque hoy por hoy ese vos se difuminó, no existe. Voy disfrutando del cuerpo en sus múltiples dimensiones, a veces soy sólo cuerpo, soy mi cuerpo y juego, y percibo, y vivo.
Soy la percepción misma de las múltiples sensaciones que despiertan en mi piel los otros cuerpos. Ay, como si fueran tantos, no, soy más bien una analista prolija, no son todos a la vez ni tan seguidos, de vez en cuando, como un ejercicio hermoso que mantiene en tensión mi piel, mi percepción, mi epidémica, jaaaaaaaaaaa, quise decir epidérmica y dije epidémica percepción.
Pensemos entonces, qué sería una percepción epidémica, no se refiere para nada a una epidemia de percepción, sino más bien a una especie de percepción panóptica, omnipresente, que se expande como una masa amorfa, como una plaga, como una epidemia. Y la percepción se expande, se ejercita, y percibo mi cuerpo desde dentro y desde fuera, lo voy aprendiendo a percibir disfrutándolo cuando lo muevo, cuando lo rozo, cuando lo fricciono, cuando lo dejo en reposo, cuando lo tensiono, cuando lo expongo, cuando dejo que haga lo que vaya queriendo.
Pero ahí siempre también el análisis, este bendito análisis que toma un acto fallido y lo desgrana, pero también ahora, por suerte, el otro análisis, que es perceptivo per sé, que percibe, y vislumbra el curso que debe tomar el asunto y simplemente se deja llevar, porque sabe de antemano de debe hacerlo así, que es el imperativo del momento, hermoso imperativo que anda derribando puertas con patadas voladoras.
Bien sé que la voladora no es la patada sino yo misma, y que cuando se acabe el cielo he de caer, he de chocar, pero mientras tanto, mientras tanto… No puedo creer que halla tanto más arriba, tanto más cielo, tanta más claridad, y casi me ciego y me confundo, y dejo de ser, pero al mismo tiempo soy más que nunca. Pierdo mis contornos, en tanto límites, porque soy un poquito ilimitada, porque me desbordo y es maravilloso. Y aún así, difuminada, diseminada, me siento más yo que nunca.
El muñeco de sal, el muñeco de sal, y el mar es la vida, no solo La Vida, esa que se impone más allá, sino también, también, ésta, que está acá, y puedo andar, hacia delante chapoteando penosamente, hundiéndome y temiendo, Mujer de poca fe, o puedo por el contrario hundirme más y bucear sin dificultades, y saltar como un delfín y volar bien alto, o hacer la plancha y dejarme llevar, como a upa, como a upa, y dejarme llevar, y saber bien claro que aunque no vaya mirando el camino, no pierdo la dirección, porque el curso del río y mis brazos me guían, pero sobre todo el río, el río….
Y yo, Mujer del río, voy ahí flotando/volando…
Y ahora sí creo que pasaron más de tres minutos.
lunes, 23 de mayo de 2011
Me iba a arrepentir luego, dentro de unas horas, de no dormir, de que fuera tan tarde.
Peor sería irse a dormir con ganas de largar la angustia en palabras. Las palabras no escritas se transforman en sueños, y del sueño a la angustia hecha carne hay solo un despertador de por medio.
Se acerca ahí nomás, como siempre, pesada y predecible. ¡Cuánto desearía no saber, no saber!
Hay días que se busca lo elaborado lo complejo, como un intento estúpido de llegar por el camino más complicado a la blanca simpleza. Como si fuera posible, bah, posible es, pero no deja de ser estúpido, atravesar esta nube de smog y salir impecable.
Se cree, por debajo siempre el supuesto, que salir de la nube es más decoroso que nunca haberse metido. Se cree eso en realidad para justificar que no hay otra más que meterse, porque ahí está adelante de las narices, y por más que una se incline hacia atrás, no es contorsionista, y si me sigo inclinando me caigo, y mejor tomar aire y meterse de golpe. Es difícil correr con las manos puestas adelante, para no golpearse con nada. Lo mejor quizá sea ir tranquila, hasta donde se pueda, y si la asfixia, bueno, respirar un poco el aire contaminado. Ya habrá tiempo luego para que se recuperen los pulmones. Lo mejor será no perder la calma, ir siendo llevada, con cautela, con paz y armonía. Al paso que le imprima ese continuo fluir, que a veces es agitado y otras veces es la inmovilidad. Inercia. Inercia... Qué increible cuando comprendí, en un mismo momento sublime, que inercia no es un andar pesado y denso, sino que es la continuación del movimiento tal como esté. En suma velocidad o en completa inmovilidad. Es fluir, continuar.
También fue revelador entender que detenerse no es dejar de andar, sino poner una fuerza opuesta, que hay que hacer fuerza para detener un movimiento, que la resistencia es una fuerza. Y que a veces es más fácil fluir, pero a veces es más fácil quedarse atrás... que no depende de uno lo que es más sencillo, sino del contexto general.
Y aún así sigue ahí el supuesto subyacente de que sea cual sea el movimiento inicial, el contexto general, será más valeroso aquello que lo contradiga, aquello que implique la fuerza, nadar contra corriente, o meterse en la nube.
Pero ahí está la pesadez, la densidad, esa sopa tibia que se derrama por los hombros, y todo empieza a dar un poco de asco, y todo es tan previsible que sería mejor, limpiar el aire, apagar la proyección, volver a barajar, patear el tablero.
Pero el supuesto subyacente... subyace, y excavar hacia lo que subyace, para eliminarlo, bueno, eso también sería moverse.
martes, 17 de mayo de 2011
Ahí vas...
Con tu paquetito de ambiciones personales.
Con tus altísimos y pesados ideales.
Con un sueño atragantado con olor a naftalina.
Ahí vas...
Con tus amores fugaces
Con tus amantes truncos
Con tus abrazos de espuma.
Ahi vas...
Con tus palabritas esdrújulas.
Con tus libros parlantes.
Con tus frases de ocasión.
Ahí vas...
Con tu sonrisa indadjetivada.
Con tu distancia demasiada.
Con tu vaivén vaivén vaivén.
Ahí vas...
Con tu pasado punzante.
Con tu presente vertiginoso.
Con tu futuro de vapor.
Ahí vas...
Con tu carcajada de lágrimas.
Con tu caricia diplomada.
Con tu silencio estruendoso.
Ahí vas...
Con tus contradicciones.
Con tus certezas.
Con tus dudas.
Ahí vas...
Ahí vas...
Sólo Dios sabe a dónde.
Y Dios quiera que el camino
pase por mí.
Aunque no sea tiempo
Aunque no haya tiempo
Aunque el tiempo haya pasado, tanto, tan denso
o fugaz
con ese abanico inmenso de posibilidades
de texturas diferentes
que puede asumir
cuando pasa
cuando queda
cuando vuelve
cuando falta, y aún es textura
Aunque tantos tiempos
la palabra
y el cuerpo
Y el cuerpo ahí, como chiquito
y el cuerpo ahí, como acurrucado
y el cuerpo que dice y es dicho
y la palabra en el cuerpo
es casi una paradoja
pero se posa igual
porque es tan abrumadora la tentación
de posarse, de dormir, de volverse raiz
Te quise a mi lado
tantas siestas
te deseé
con ese pedazo de tubo gástric
o que está entre el esófago y el estómago
ahí donde nace el hipo
te lloré, te busqué, tanto tiempo
que ahora... que ahora...
Todo me sabe a viejo
porque yo me fui tantas veces
y ya no te espero
y fue hermoso, es hermoso
vivir corriendo
por la cornisa
no hay espacio más que para mí
Aún necesito aire
quizá luego, luego
quizá alguna vez entre
y me prepare un té
y te invite
y no vengas
o quizá sí
quién sabe
ahora sigo tomando aire
ahora ya no miro hacia abajo
tampoco hacia arriba
ahora creo que estoy sentada
con los ojos cerrados
ahora respiro
y el aire frío
en los pómulos,
en las manos
en los bordes de la nariz...
Todo fue tan efímero
todo lo es siempre
y yo que siempre ansié que todo pase
los finales
el después
y yo que no entiendo cómo atravesar el tiempo
cuando tiene gusto a sopa
cuando tiene olor a ropa amontonada
cuando ... ¿cuándo?
Y todo grita
es ahora.
Y yo no puedo dejar de oírlo
pero me quedo un rato más
porque aún no entiendo
porque incluso hasta que entienda o decida
puedo hacerme la sorda.
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