sábado, 28 de enero de 2012
La excepción a la guerra *
-¿y lo volviste a ver?
Me quedò sonando esa pregunta...no, pero tampoco me lo habìa planteado. Yo hice lo que quise, ya. Creo que soy un poco egoìsta, fue una màscara que construì de a poco, porque cuando me expongo, cuando no soy egoìsta, sufro.
No, no lo volvì a ver.... Un mes, se pasa volando, eso es presente extendido... el futuro, que hoy es pasado, es un poco màs extenso aùn. Y yo seguì camino, con todo. Y no suelo volver atràs.
Sì. Claro, hay excepciones, pero de esas que confirman la regla.
Excepciòn clase A, o tipo 1. "la vuelta atràs en la nostalgia".
Es la forma màs comùn de volver, en ese tranvìa eterno retro kitch. Voy còmoda en esos viajes, porque viajo a menudo. Cuanto menos una vuelve, mejor dicho, cuanto màs firmemente una sostiene la teorìa de seguir camino, como una bandera... bueno, màs se sube una al tren de chocolate. Es un vicio, pero tambièn una necesidad. Mirando por la ventana, siempre viajando a la inversa, se mira el camino que se dejò, el camino mantecol que se va abriendo a medida que el tren-tranvìa avanza, porque avanza igual, nos lleva de la nuca, y acà queda afirmada la regla, por màs que se vuelve, se sigue yendo, hacia adelante.
Excepción Clase B, mejor tipo 2, porque pareciera que es menos importante... "la vuelta atràs en coche nuevo".
Es una forma imprevista. Una se baja de donde sea, o se sube a un mòvil, y de golpe se da cuenta que ese paisaje es el mismo, que nos cambiaron de nombre las calles pero son gemelas, que la luz, la luz, corta el aire de la mismìsima forma. Entonces parece imposible, pero no es que nos hayan engañado, es que una se confundiò, a veces puede suceder, y se subiò a las tazas locas, entonces parece que avanza, pero no, gira, y de tanto girar, vuelve al mismo lugar, pero ... Primero la magnìfica ilusiòn de despegar y volar si maniobramos con fuerza el volante. Segundo, se avanzò en espiral, hacia afuera, o hacia adentro, como màs guste uno avanzar, pero ya no se està en el centro, porque para salir de las tazas y cambiar de juego hay que estar en el borde, y se empezò desde el medio. Entonces tambièn es avance, màs lento claro, si andàs dando vuelta en cìrculo es màs difìcil avanzar. Pero es avance de todos modos, por la espiral. Siento que esta forma es difìcil de explicar, sobre todo el avance, pero crèanme, se avanza, y suele ser la forma màs legitimada socialmente de avanzar, con el retroceso permitido, quizà porque yendo en espiral no tenès màs opciòn que mirar de vez en cuando las caras de tus coetàneos que andan girando como vos, con vos... he ahì la legitimaciòn social.
Excepciòn tipo 3. "de los coetàneos a lo que me llevo pegado al cuerpo".
Hay rarìsimas excepciones de aquellos que deciden avanzar contigo, rarìsimas, contadas. Pareciera de golpe que una anda en una cinta caminadora y sigue en el mismo lugar, pero es solo la sensaciòn. Porque el paisaje cambia, solo que mirar ese rostro, esos ojos, agarrar esa mano amiga... Vamos caminando, aquì se respira lucha. Y en la calle codo a codo, somos mucho màs que dos. Toma mi mano hermano, vamos a caminar... etc. En todos los àmbitos, hay quienes caminan juntos, y da la sensaciòn de estarse quieto, de presente eterno, porque eso, por los ojos, porque puedo dejar de mirar para adelante, y sin duda no mirar para atràs, y seguir avanzando con la mirada clavada, en la mirada clavada. Y es la forma mejor de avanzar. Aunque disfrute de las otras. Es la forma mejor de avanzar.
Entonces volviendo a la pregunta inicial, nunca vuelvo a ver a nadie... simplemente veo a quienes no he dejado de ver. Lo demàs es puro recuerdo, o relàmpagos de vidas ajenas en la vertiginosa espiral de la vida. Asì avanzo, empujada y sostenida por la excepciòn.
*El tìtulo fue un acto fallido. Està claro que iba a poner a la regla pero por alguna razòn mi mente puso guerra. Me quedè pensando no en el vìnculo entre guerra y regla sino en por què no pude poner regla... primero pensè en la menstruaciòn, y ahora pienso en los lìmites... debe haber algo de todos modos, y por sobre todo, por debajo, algo de guerra y condiciòn femenina, esto de ser mujer guerrera.O algo asì.
J.C.B
Hay dìas difìciles. Hoy es uno de ellos. Me despertè con una tristeza tibia. No voy a esquivar las ganas de llorar, pero tampoco voy a apurarlas. Cuando uno apura un vaso o se derrama o te patea el hìgado, o lo que es peor se te sube a la cabeza y andàs por la calle diciendo estupideces. Mejor dejar ahì el vaso, la taza tibia, en el pecho, aùn no està en la garganta.
Todo corre el riesgo de ser magnificado... esa ausencia, esa espera, esa canciòn.
Y sobre todo la permanencia oculta de la verdadera raìz del espanto. Sì, ahora dije espanto.
Me sobrevivì a tantas calamidades, me dispuse de frente para frenar y atravesar tormentas. Heme aquì, entera, màs fuerte. Pero el recuerdo ¡mi Dios! El recuerdo de la angustia aterroriza a los màs fuertes.
Sì, cariño, me puse bien, vos sabìas. Pero esta manta tèrmica sigue pegada a mì, y cada tanto me toma por sorpresa. Si me hubiera quedado, si me hubiera quedado...no, es simplemente esta manta tèrmica la que me lleva a pensar eso, nunca hubo dònde quedarse.
Fue culpa de Baglietto creo yo, porque me remontò a mi adolescencia, la verdadera, la otra, en la que las angustias superaban mi capacidad de salto. Ahora sè saltar, sè volar, sè nadar. Puedo irme, puedo irme.... Y quedarse my dear, quedarse siempre es un peligro.
viernes, 30 de diciembre de 2011
amigdalitis
Si te extirpan unas amìgdalas, unas determinadas que andan escondidas en el cerebro... se va el miedo. Todo el miedo.
Ella pidiò que le extirparan eso, eso que ni podìa pronunciar, porque no entendìa, y todo lo que no entendìa le daba escalofrìos, temblores, pànico... miedo.
Empezò como una sensaciòn frìa, solamente como eso. Ahì en la panza, donde suele haber sensaciones càlidas en los momentos otros. Hacía rato que lo cálido era cosa del espacio de la nostalgia. El frío fue como un golpe, casi sintió náuseas, pero no dijo nada. Nada salió de su boca, ni sonido ni vómito.
Sólo que el frío no se fue, se quedó, ya no de golpe, sino como una permanencia profunda, que se expande, que contagia.
Y sus ojos congelados por dentro oscurecieron los lugares que habitaba su cuerpo.
La llama de la hornalla, la ventana del balcón abierta, entornada más bien, la tele ahí encendida como quien existe más allá de toda certeza.
Siguió como si nada. Aparentar tiende a ser una buena forma de ahuyentar a los perros. ¿Nadie olìa su miedo?
Un día lloró, se ve que el clima permitió derretir todo aquello del estómago. Lloró, lloró... y ese nudo en la garganta seguía, seguía, pero más suelto. Entremedio del nudo corría su agua, ahora tibia, ahora fría, ahora suya, ella corría por su propia garganta, que a un tiempo se ocluia y a un tiempo se expandía...
Siempre tuvo las amígdalas grandes, y su madre, ella no tenía amígdalas, alguien se las había quitado de niña, por infecciones recurrentes. Ya no se suele hacer eso, dicen que sirven para defenderse. Pero claro, el miedo sirve para defenderse, el pavor... el pavor.
Bueno, bueno, no exageres mariposa, pavor, pavor, lo que se dice pavor.... estuviste triste y ya. Y sì, tuviste miedo. Extirparse el miedo, extirparse el miedo.
La idea la sacò de la tele, que andaba ahì, suelta, como si tal cosa. Esas otras amìgdalas, siempre es eso otro, que es similar pero profundamente distinto. Convergencia adaptativa.
Arrebatarse eso suyo, su propio cuerpo, para poder seguir. Y si fuera necesario amputar una extremidad tambièn, pero en este caso era una mìnima parte, que se expandìa, irracionalmente.
El mèdico dijo que no, que de ninguna manera. Ella sabìa desde el principio cuàl serìa la respuesta, pero tuvo que intentar, preguntar. Y ahì nomàs se largò a llorar, llorò largamente, el mèdico la dejò sola en su consultorio, y las luces se apagaron, y ella tuvo miedo, mucho miedo, pero no dejò de llorar, porque si dejaba de hacerlo, podrìa cerràrsele la garganta, asfixiarse con su propio miedo.
Cuando aqueja el terror las amìgdalas se inflaman.... puede ocurrir.
Fantaseò un segundo con una idea, sacarse el cerebro y lavarlo, con agua tibia claro. Hundir los dedos con las uñas bien cortas para no lastimarse en las hendiduras, en los surcos. Sacar toda la mugre, incluso acariciar las amìgdalas esas benditas, acercar los labios a ellas y besarlas, para que se calmen, para que no teman màs, o no teman tanto. Y luego, con el cerebro pulido, volver a colocàrselo, como quien acomoda un sombrero, y salir a la vida, renovada.
Tonta, tonta, diez mil veces idiota, es imposible. Es por esas cosas sin sentido que leès y miràs, es por la tele que anda ahì como desprevenida, esperando que la patees, que la desconectes.
Se acercò a un vidrio de un negocio, era de noche ya. Podìa verse a sì misma con màs claridad que a los productos adentro. Se mirò, largamente, en ese falso espejo que la pintaba oscura y transparente, bendita contradicciòn, que le dibujaba en el pecho un auto que pasaba por detràs, o el vaya a saber què cosa que se vendìa en ese, sì, quiero decir escaparate. Sus ojos, no, no podìa ver sus ojos. Sus labios se echaban hacia abajo, y llevaba en sus manos una bolsa muy pesada, la dejò ahì. Ni siquiera quiso pensar què tendrìa adentro.
Se siguiò mirando un rato, se peinò. Se volviò a peinar.
Continuò su camino. Por la ciudad, por la ciudad. Podrìa cruzarse con cualquier persona, y no la reconocerìa. Ella a ellos, ni ellos a ella.
Continuó su camino, como si existiera tal cosa, y su cerebro ahí. Sin amígdalas todo sería mejor, pero ahí estaban las amígdalas, gritándole que no cruce la avenida con el semáforo en verde para los autos, gritándolo que algo hay que comer porque sino te desmayàs, gritándole que la locura, que la locura viene de adentro, y sale para afuera. Como ella esa noche, que no sabe bien cuándo ni cómo salió, pero tenía una idea en la cabeza, que nadie le pudo sacar.
Llegó a su casa y tomó una pinza, una de esas pequeñas de depilar, escarbó por su nariz, mirándose al espejo del baño. Escarbó y escarbó, increíblemente no tenía miedo. Tocó el fondo, tocó el fondo, no de su nariz, de su cráneo, de la masa arremolinada que dormía insomne dentro de su cráneo. Continuó buscando, sintió sabores, olores, colores, sonidos, recuerdos, nostalgias... y de golpe el puñetazo frío en el estómago. Sonrió. Ahí estaba. Cortó un trozo, no todo, en ese momento entendió que no todo, sólo un poco, lo necesario.
Lo tiró en el inodoro, tiró la cadena. Se lavó la cara con agua tibia, con agua tibia... no había otra agua en verano. Y se fue a dormir. Mañana, mañana será otro día.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Algo áspero y veloz
Todo se complica cuando hay arena, ahí en las comisuras de los labios, ahí entre los dedos de los pies y de las manos. Difícil caminar, salen ampollas. Las ampollas se explotan y duelen y gritan en este verano atroz. Debería dormir.
La música mía es siempre la misma, las voces oscuras que adormecen ese hígado. Ahí vienen los fantasmas, los de siempre y sus amigos, esos otros con puñales y puñetazos. Vengan aquí está mi estómago, mi esofago, el resto de mis tripas. Pero mi hígado está dormido, no sufriré mientras así sea.
El corazón es otra cosa, es solo un puente, todo pasa por ahí, él no sufre, ve sufrir.
Y yo, qué soy yo? No, no la suma de las partes.
Y yo, ese todo que se desmembra minuto a minuto, quisiera dormir, para despertar y volver a dormir. Irme, como quien se desliza hacia ningún lugar, y volver a empezar, pero en serio. Lejos, de mí, donde esta música y estos fantasmas no puedan encontrarme.
He de cortarme la cabeza para dejar a los fantasma habitando su escondite. He de correr descalza de nuevo, una y mil veces, mirarme sin ternura, enternecerme con cualquier otra imagen que resultará siempre más piadosa que yo. Porque la arena también está en el ojo, y mirar duele, pero también cerrar los ojos. No hay rincón confortable.
"no se acomoden en este mundo" Dijo San Pablo. ¿Cómo hacerlo? Si el mundo nos expulsa, nos escupe, nos arrolla. Qué mérito tengo en sufrir, en padecer, en poner el pecho a esta balacera si no hay otra opción, si tienen mis manos atadas a estos árboles, y mirar de frente es sólo por curiosidad, para ver quién me mata, quién me mata.
No podré desatarme, ni tampoco quitarte el arma, pero mis ojos arenosos quedarán incrustados en tu memoria, y no dormirás de noche, como yo no he de dormir ya nunca más. Y sufrirás la culpa, la culpa, la horrorosa culpa de dejar huérfanos a mis fantasmas. Que habrán de perseguirte, que habrán de habitarte, de expropiarte de tus otros pensamientos, y cuando te vacíen, cuando tu cabeza quede vaciada de vos y habitada por todos mis muertos, entonces volveré en mis muertos, y seré libre.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Mersa
Arriesgarse, un poquito, cuando ya todo está consumado. Nada nunca está consumado, todo fluye, se transforma. Y ahí vamos nosotros.
De repente todo es menos áspero. Y yo también fluyo.
Cuando comencé, como siempre, quise que esta vez fuera en serio. Que las palabras fueran pronósticos y quedarme yo callada.
Lo que ocurre es que siempre es más tentador ver hasta dónde, buscar el límite más allá del límite. Cuando todo deja de ser blando y comienza el golpe. Es más tentador y allí vamos, para extendernos, para no ser sólo lo que nos alcanza entre las yemas de cada dedo mayor de las manos estiradas a los lados. Si puedo ser todo, absolutamente todo, hasta donde no pueda ser, e implote.
Volver sobre lo escrito, y pasarlo a palabras ajenas, en el solo acto de leerlo.
Ahí va mi subjetividad, construida, toqueteada, ahí va, lejos mío, y la veo irse y me siento plena, porque ajena a mí es una obra completa.
Todo lo completo es aquello de lo que carezco. Es así, en todas sus dimensiones, en la dimensión agradable del ya acabé, pero también en la dimensión de la pérdida, de la eterna falta de aquello que nos fue quitado.
Varios intentos costó decir ilusión. Parece una infamia nombrarla, una imbecilidad creer posible. .. Ir, siempre ir... cuando las venas duelen de estar tan quietas, cuando se quiere volar, y es tan sencillo en los sueños. Sólo arrojarse, me hincho y me estiro. Allí me aguarda quizá algo chocolate, algo tibio, algo nuestro.
Quise ser dos, quise ser un vos, quise ser, ajena a mí, y la realidad me devolvía sólo un espejo.
Cuando chica solí inventar, la ficción es la realidad que nos completa, en varios ciclos, y ciclos, y ciclos. Ahora grande, ya grande, ya adulta, puedo decir las cosas más horribles esta noche. Pero mejor me callo, pero mejor me duermo, y tal vez caiga, y vuele, pero tal vez también diga, y tal vez vea tu rostro, o el mío, y tal vez mañana, porque puedo escrbir hoy sobre mañana y también sobre ayer pero no sobre hoy, hoy lo vivo... digo que tal vez mañana, te mire, a alguien, y te diga, a alguien que ya, que ya, que mejor dormir, hasta que todo pase... y quizá mañana me digas que ya que ya, que a partir de hoy, me cuidás.
domingo, 6 de noviembre de 2011
emotions
Ya quedan muy pocos días por caer. Ansío y temo. Cuando el calendario termine veré la puerta, ahí, como una provocación insolente.
Dejé las palabras estancadas hasta tu vuelta. Y me obligué a olvidar que volverías. Para poder vivir en el medio, un poco aunque sea.
Pensar en mí. Pensar en mí. Pensar en mí.
Lo dije tres veces y siento que en el espejo a mis espaldas aparece el monstruo verde. Siempre verde. Pero no me da miedo lo verde, sólo lo aborezco.
Todo lo que odio de mí está ahí, cada vez que lo miro. Y ayer no me di cuenta, como no me doy cuenta casi siempre de las cosas, hasta que luego, a la distancia miro y analizo.
El púber decía que los sentimientos son acá (mano en el pecho) y las emociones son acá (mano en la frente). Todos dudamos, los sentimientos en el pecho... en eso hubo acuerdo, y la metáfora de la sangre, y lo que circula por dentro. Pero la mano en la frente quedó muy corta. Hubiera sido un poco engorroso tocarse todo el cuerpo para denotar dónde se ubican las emociones, y estuvo bien que así no se hiciera, pero lo cierto es que para llegar a la frente, a escribirse de tal modo que cuando una se mire al espejo pueda leerlas con claridad, las emociones deben ser dormidas a la fuerza, hipnotizadas, o extraídas con pinzas quirúrgicas. Eso o esperar que se entibien. No hay espejos que expliquen el momento de fervor.
Y esto lo escribo con la frente, qué alivio no sentir cuando no se siente.
Y escribo sentir y ahí nomás quisiera llorar de nuevo.
En el colectivo pasó de repente. Sentí miedo, mucho. Era estúpido, lo sé, pero sentí miedo. El loco se subió a gritar que nos iba a matar a todos, que todo era una mugre, que vendría por nosotros y por nuestros hijos. Y yo tuve miedo por los hijos que no tengo, porque entendí la amenaza. La escena no podía terminar bien. Y yo me bajé antes del colectivo. Porque estaba llorando, porque no mirarlo de frente y rezar y rezar, no fue suficiente para detener la angustia. Me quedaba por delante una hora de viaje, y el loco ahí, pegado a mi hombro. Si él no terminaba matándonos a todos terminaría yo, no podía tolerarlo, la presión adentro de mi cabeza crecía y crecía, y estaba tan pero tan sola. Quisiera que el señor que viaja al lado mío me abrace pero no quedaría bien. Me pego a él, como si su cercanía fuera a protejerme... el loco está pegado a mí, como si mi cercanía fuera a permitirle... Todos nos pegamos. Y yo siento mucha envidia por la gente que recién se sube, porque pueden decidir, pueden elegir, pueden irse lejos. Y siento mucha intriga por los que viajan como yo porque nadie dice nada. Y el loco grita, grita, que la presidenta está sola que pobre la presidenta... y sólo eso me faltaba. Tengo miedo de empezar a gritar yo, de ser tan loca como él. Y siento que soy la que está más expuesta, sólo a mí me toca el loco.
Me bajé del colectivo, en cualquier lugar, lloré mientras caminaba. En Chacarita. Caminé hacia el cementerio y me sentí dudosamente más segura. Los muertos no gritan, no joden. La gente, el ruido, el smog profundo. Puedo llorar y nadie lo nota. Quiero estar en casa, quiero meterme en la cama y dormirme, mucho, mucho. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas.
Digo esto tres veces y en el espejo no se aparece nada.
colectivo
Ya quedan muy pocos días por caer. Ansío y temo. Cuando el calendario termine veré la puerta, ahí, como una provocación insolente.
Dejé las palabras estancadas hasta tu vuelta. Y me obligué a olvidar que volverías. Para poder vivir en el medio, un poco aunque sea.
Pensar en mí. Pensar en mí. Pensar en mí.
Lo dije tres veces y siento que en el espejo a mis espaldas aparece el monstruo verde. Siempre verde. Pero no me da miedo lo verde, sólo lo aborezco.
Todo lo que odio de mí está ahí, cada vez que lo miro. Y ayer no me di cuenta, como no me doy cuenta casi siempre de las cosas, hasta que luego, a la distancia miro y analizo.
El púber decía que los sentimientos son acá (mano en el pecho) y las emociones son acá (mano en la frente). Todos dudamos, los sentimientos en el pecho... en eso hubo acuerdo, y la metáfora de la sangre, y lo que circula por dentro. Pero la mano en la frente quedó muy corta. Hubiera sido un poco engorroso tocarse todo el cuerpo para denotar dónde se ubican las emociones, y estuvo bien que así no se hiciera, pero lo cierto es que para llegar a la frente, a escribirse de tal modo que cuando una se mire al espejo pueda leerlas con claridad, las emociones deben ser dormidas a la fuerza, hipnotizadas, o extraídas con pinzas quirúrgicas. Eso o esperar que se entibien. No hay espejos que expliquen el momento de fervor.
Y esto lo escribo con la frente, qué alivio no sentir cuando no se siente.
Y escribo sentir y ahí nomás quisiera llorar de nuevo.
En el colectivo pasó de repente. Sentí miedo, mucho. Era estúpido, lo sé, pero sentí miedo. El loco se subió a gritar que nos iba a matar a todos, que todo era una mugre, que vendría por nosotros y por nuestros hijos. Y yo tuve miedo por los hijos que no tengo, porque entendí la amenaza. La escena no podía terminar bien. Y yo me bajé antes del colectivo. Porque estaba llorando, porque no mirarlo de frente y rezar y rezar, no fue suficiente para detener la angustia. Me quedaba por delante una hora de viaje, y el loco ahí, pegado a mi hombro. Si él no terminaba matándonos a todos terminaría yo, no podía tolerarlo, la presión adentro de mi cabeza crecía y crecía, y estaba tan pero tan sola. Quisiera que el señor que viaja al lado mío me abrace pero no quedaría bien. Me pego a él, como si su cercanía fuera a protejerme... el loco está pegado a mí, como si mi cercanía fuera a permitirle... Todos nos pegamos. Y yo siento mucha envidia por la gente que recién se sube, porque pueden decidir, pueden elegir, pueden irse lejos. Y siento mucha intriga por los que viajan como yo porque nadie dice nada. Y el loco grita, grita, que la presidenta está sola que pobre la presidenta... y sólo eso me faltaba. Tengo miedo de empezar a gritar yo, de ser tan loca como él. Y siento que soy la que está más expuesta, sólo a mí me toca el loco.
Me bajé del colectivo, en cualquier lugar, lloré mientras caminaba. En Chacarita. Caminé hacia el cementerio y me sentí dudosamente más segura. Los muertos no gritan, no joden. La gente, el ruido, el smog profundo. Puedo llorar y nadie lo nota. Quiero estar en casa, quiero meterme en la cama y dormirme, mucho, mucho. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas.
Digo esto tres veces y en el espejo no se aparece nada.
sábado, 17 de septiembre de 2011
tarde, confusa, y con sabor a mí
Al llegar a casa he de sacarme todo el maquillaje, todo lo que se pueda. Quedarán en mis ojos, en las comisuras de los labios, en los pliegues los restos, como de costumbre.
A cara lavada miraré la hoja en blanco. Algo en mí quiere llorar, algo en mí está seco.
Ahí en el borde, cuando el borde dejó de ser construido desde adentro y empezó a visualizarse desde fuera, como si alguien lo filmara y me mostrara los videos, el peligro.
¿A vos también tengo que dejarte? Algo en mí, el componente seco me dice que sí, que ya basta, que la grandilocuencia es demodé, que no llego a nada. Y lo húmedo quiere cubrirte con su abrazo tibio, y llorarte a mares, pataleando en la superficie. ¡Tanto pierdo de mí si te olvido!
Admitirme que en realidad siempre es mejor, que después daremos la batalla por comprender qué diablos quiso decir el universo, pero mientras tanto lo que es es lo mejor que puede ser. Y patalear hacia arriba, para salir a flote.
Hoy no siento que yo no… un poco sí, todo lo húmedo se relame en las múltiples heridas. Ser conciente. Tengo tantos deseos de llorarme, de dejarme caer. SÍ, señores, miro el borde, lo estuve viendo desde el principio, y tengo tantas ganas de dejarme caer.
Nosotros los sin miedo, que bailamos alegres al borde del abismo, nos ofrecemos para saltar, para hacernos pomada contra el suelo, reviviremos como el ave fénix, cada vez más fortalecidos, por eso queremos hacernos bolsa de ceniza, para fortalecernos, no conocemos otra forma de crecer más que los golpes. ¡Tanto nos golpearon siempre! Es por esto mismo que tus caricias y besos me resultaron siempre más de lo que podía llegar a comprender, y, maldita sea la tendencia religiosa, a endiosar lo misterioso. Sí, yo te he endiosado.
Admitir que te deseo, profanar los espacios entre nosotros, para hacerlos asibles. Me dije que .... me insistí... te volví carne, te deberé volver carne, para poder tocarte, para tocarte sin suspiros, sin andar por ahí produciendo ángeles. para tocarte como quien toca, con ganas de absorber, de morder, de pellizcar, de oler. Y admitir los celos. Escribir para que vos no leas, y lean otros, debo dejar estos juegos. Debo salir del laberinto, debo animarme a vivir la vida, como la vivo jugando otros juegos que son difíciles y peligrosos. Voy a buscar ese libro, el que regalé dos veces, voy a admitirme en la trama, en las uniones... voy a ver, voy ver...
para expropiarte de mí, para recuperarme. De tantos lugares debo recuperarme! Es que soy trozos de lo que podría llegar a ser. Sentarme, despacito, sentarme, balancear suavemente las piernas en el vacío, e ir pegando con delicadeza cada pieza, las que junté hasta el momento.
Eso, y admitir que se quieren cosas contradictorias, y que lo bueno de eso es que cuando el fracaso arribe, cuando se sepa que una de esas no se puede, será igualmente un triunfo, valga la contradicción.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Vivo con vértigo.
Leer y saber que es lo mismo.
El borde, la posible caída
La caída anterior
El dolor de espaldas.
Pero este vértigo es distinto
Pero este vértigo es distinto.
Es igual, porque me tira.
Es distinto, porque voy a poder volar
Porque vuelo.
Vivo con vértigo
Y es como “bailar al borde del abismo”
Vivo con vértigo, me vierto, me vierto,
Yo soy mi propia vertiente, y nada de esto tiene sentido.
Salvo seguir, luchar, romper, gritar.
Y aquello de que las señoritas no gritan
Aquí gritamos todos.
Yo grito, y no me importa nada si eso me impide ser señorita.
Me hice señorita hace rato
Me hago señorita todo el tiempo
No suelo usar pollera cuando quiero estar cómoda
A veces quiero estar incómoda,
Para ver cómo se siente
Y otras veces ando desnuda
Al final, quién diría
Mirarme de reojo y gustarme
Hay días que todo cuesta
Hay días de peso supremo
Pero el vértigo, todo es tan leve cuando el precipicio fue aceptado
Todo es tal leve, cuando caer es una consigna que sabe a viejo
Todo es tan leve, cuando se quiere volar
Entonces voy a pedalear en el aire,
Voy a mover bajo mi cuerpo esa masa informe
Voy a mover todo lo que sea necesario
Voy a, voy a… y si no puedo
Pues caeré…. Ya he caído antes y aún así se sobrevive.
sábado, 27 de agosto de 2011
Hay algo con la lluvia, ya lo he dicho miles de veces, millones de veces. He de repetirlo no hasta el cansancio sino hasta llegar a lo más cercano a una cabal comprensión, lo más cercano porque nada se comprende por completo, siempre está aquello misterioso, que según el día es temible, horrendo,o lo más atractivo... Misterium Tremendum, la experiencia de lo numinoso... pero también Fascinans... Maldito Otto, tenés mucha razón (y me permití un divague intelectualoide, perdón) El error es pensar que aquello tremendo y fascinante tiene que ver exclusivamente con lo religioso, tiene más bien que ver con lo perceptivo... digo yo, siento yo, hoy, que vuelvo a pensar a necesitar hablar de la lluvia, aún sabiendo que no podré decir todo, y que aquello que no pueda decir, aquello innombrable, porque de ser nombrado perderá su esencia si existe tal cosa con algo intangible, aquello innombrable es lo importante, lo único, lo verdadero...
Y me acerco, como siempre, girando a eso intangible, tentada estoy a abandonar el lenguaje, tentada e imposibilitada al mismo tiempo, como quien desea arrojarse al vacío pero previamente se ató la cintura a un mástil. El viento en mi cara es tan dulce, el vértigo mentiroso... no caeré no caeré...
Hay algo con la lluvia. Fue hermoso tomar mate mirando llover, escuchando un disco, cualquiera, miles de veces, también hasta el hartazgo, como quien habla de la lluvia. Y decir disco es una elección poética, porque cd, porque tecnología que pierde poesía. La lluvia es la misma, hermosa, pálida. Puedo estar en cualquier tiempo, viendo llover, puedo ser yo, o cualquier persona, viendo llover. Puedo mojarme si quiero, si saco mi mano por la ventana, y será una lluvia igual o similar a tantas otras...
La permanencia y el movimiento. Constante, una metáfora casi perfecta... Lo efímero y lo perenne. Lo que queda es el concepto, y la percepción del mismo... pero sobre todo esta cosa ambigua y maravillosa, bendición y castigo, posibilidad e impedimento... quisiera ejemplificar cada dicotomía pero perdería la magia, podría contextualizar mi percepción de la lluvia esta mismísima mañana, con las tareas y los permisos, pero sería traicionar el pacto secreto que alguien hizo por mí, y yo acepto... como acepto esta lluvia frente a la que no puedo hacer nada, ni cruces de sal ni postraciones, la lluvia cesará cuando ella lo desee. Y la imposibilidad completa es terrible y maravillosa. Ahí estás lluvia, con toda tu magnificencia, y sos apenas una llovizna, y de golpe una tormenta, yo puedo admirarte, mirarte, hundirme en vos, más no puedo dirigirte. Puedo cambiar mi conducta, puedo dirigirme, y aceptar las limitaciones que me imponés, puedo escaparme, puedo elegir correr el riesgo de agarrarme una bronquitis aguda y correr desnuda, o quedarme mirando hasta que ceses tu discurso largo e inverosímil.
Antes de tu llegada, ese techo oscuro que se nos abalanza... luego el piso húmedo, como una sábana helada... luego los sonidos aturdidos de los que ya he hablado... y mientras, esta sensación que aún a pesar de explicar algunas de tus múltiples aristas no puedo ponerla en palabras... esta sensación que se parece a un té con leche después de la escuela cuando tenía seis o siete años... esta sensación que se parece a los rompecabezas o los baños de vapor cantando la marinerita cuando atacaban los broncoespasmos... esta sensación que se parece a un beso, pero también a la falta del mismo.... Esta sensación que se parece sobre todo a las ganas de un abrazo, pero también a las ganas de correr, saltar y girar en mi propio eje hasta marearme.
Hay algo con la lluvia, hay un tango hermoso, que me recuerda a mi abuelo... de forma indirecta, porque en realidad me recuerda a la construcción que hice de él. Hay unas vidrieras con pollos y ropa girando, y también hay porotos en envases plásticos. Hay un juego de inundados sobre el sillón. Hay madre que juega.
Hay algo con la lluvia y de nada sirve la enumeración... hay algo de soledad (sin aclarar si esto es algo positivo o negativo porque más bien creo que es ambas cosas).
La próxima vez que llueva, te invito a casa, así entre los dos quizá se nos ocurre alguna forma de acercarnos a esta sensación, y produzcamos conocimiento... eso o bien simplemente miremos cómo llueve.
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