La semana se agita como un ... me falta la palabra, pongo la definición. Recipiente metálico usado por barmen y barwomen para preparar tragos. Bueno, cosas, muchas.
Duermo. Mucho, sin dormir.
Sueño con una casa con paredes blancas, con sillones blancos y enormes, con una mesa enorme y sillas negras altas, con un florero multicolor como centro de mesa, con ventanales gigantes que dan a un jardín con pileta y una pantalla que no se ve contra una de las paredes blancas en la cual se proyecta una película. La casa es mía.
En el sueño mismo siento una extrañeza, varias extrañezas. Que no sueño con casas así, entonces no puede ser mía la casa. Otra extrañeza, estoy sola. Pero no me siento sola. MMM analizarme en terapia me quitó tanta metáfora enroscada. Hace escasos renglones esperaba volcar una angustia enorme, y caí en la simple sensación de que estar sola puede estar bien. Ando girando por otros bordes de la soledad, equidistantes al centro, como siempre.
La casa era sólida e iluminada, con entradas y salidas claras, pero sólo vi el living. Amplio, sencillo, funcional, con detalles acogedores (el centro de mesa). Y sí, así quiero mi casa. Creo que es una metáfora de la familia, y el solo hecho de poner esta palabra me hizo sacarla, y volverla a poner y dudar de publicar o no este texto.
No me sentía sola. De hecho hay cosas que no voy a nombrar del sueño porque las reservo al pudor de la durmiente.
Quizá cuando vuelva a dormir pueda recorrer ese jardín, e incluso nadar en la pileta. Ahora que lo escribo, y es dudoso claro porque cuando una narra un sueño todo se confunde, creo que lo hice, recuerdo algo azul, porque la pileta estaba iluminada y las paredes eran azules. Ahí afuera había una sensación entre dulce y fría, de nostalgia.
Quisiera ver los cuartos, cuando duerma de nuevo, quisiera incluso dormir en el sueño, y ver qué sueño en esa casa. Ya sé, ya sé, la casa soy yo, y punto. Pero quisiera ver qué hay más allá, y qué hay al lado también, no hay casas solas.
Bueno, antes de dormir en un programa de tv de cable me enseñaron a estornudar durante media hora aproximadamente, y ya entredormida, una escritora presentó un libro, que ni voy a decir el título porque ahora que recuerdo toda la pretendida originalidad del sueño no es tal, porque rondaba esto de la soledad y las mujeres, y bueno, claro, bah, claro no... no sé bien por qué comenzaron a nombrar la vagina con el término casa, casita... La verdad nunca lo había escuchado, o sea, yo trato, en la medida de lo posible de nombrar las cosas por su nombre. Y cómo está la casita, la mía se ve que bien, sola, pero bien. Raro, esto me da menos pudor que decir familia.
Creo que nada más debe ser dicho sobre este tema.
sábado, 5 de mayo de 2012
domingo, 19 de febrero de 2012
Líneas para pensar el Deseo 2
Hay un color, rojo.
Pero tambièn negro.
Hay pierna que se escapa.
Hay noche, siempre noche.
Tus ojos son pinzas quirùrgicas, que me abren
y brillo
Porque acà adentro todo el luz
y se derrama.
Nadie te roba Eulogia
lo que das lo que das
Cantando las frases màs incoherentes
una sirena de pie.
Benditas las horas de los vasos
aquì en mi piel todo, todo
y aùn la luna, y aùn la luna.
Bailarè frenètica la danza tàcita
del desvarìo.
Y tus ojos, tus mil ojos
saborearàn mi ausencia, mi huìda
Y aùn cuando se sienta como una pequeña muerte
Me desbordarà la vida.
Luego bien cerca de mì
estarè en mi propia presencia
Y tus ojos que aùn miran
y ahora me escondo
y ahora me escondo.
Y la noche es una capa que me oculta
Y las làgrimas que bañaron mis pechos hoy de purpurina.
Y el deseo
siempre
y ahora al dormir
tanto
y ahora al dormir
no, no duermo
sueño despierta.
Lìneas para pensar el deseo.
Hay un color, rojo.
Pero tambièn negro.
Hay pierna que se escapa.
Hay noche, siempre noche.
Tus ojos son un bisturì que me arrebatan de mì.
Tus ojos que son muchos, que son miles, que son ciegos
me arrebatan de mì.
Triste y loca Eulogia
Se le arremolina la pollera.
Y desencantada nomàs
de todos y todo
ahì vas, atravesando la arena.
Maldita la hora de las luces
aquì en mi piel todo es màs blanco
aunque el sol, aunque el sol.
Bailarè al ritmo de los indignados
de la propia realidad
y tus ojos, tus mil ojos,
saborearàn mi presencia.
Me sentirè viva.
Y muerta.
Luego bien lejos de mì
estarè sola.
Y no querrè estarlo
y tus ojos que ya no miran
y ahora, ahora te busco.
Y la noche tiene el mismo color que mi capa
Y lo que sostiene mis pechos tiene el mismo color que mis làgrimas.
Y el deseo
siempre inconcluso
y ahora dormir
còmo.
Y ahora dormir
sola.
Y ahora
ya sin luz
ser
de nuevo
desgraciadamente
yo.
sábado, 28 de enero de 2012
La excepción a la guerra *
-¿y lo volviste a ver?
Me quedò sonando esa pregunta...no, pero tampoco me lo habìa planteado. Yo hice lo que quise, ya. Creo que soy un poco egoìsta, fue una màscara que construì de a poco, porque cuando me expongo, cuando no soy egoìsta, sufro.
No, no lo volvì a ver.... Un mes, se pasa volando, eso es presente extendido... el futuro, que hoy es pasado, es un poco màs extenso aùn. Y yo seguì camino, con todo. Y no suelo volver atràs.
Sì. Claro, hay excepciones, pero de esas que confirman la regla.
Excepciòn clase A, o tipo 1. "la vuelta atràs en la nostalgia".
Es la forma màs comùn de volver, en ese tranvìa eterno retro kitch. Voy còmoda en esos viajes, porque viajo a menudo. Cuanto menos una vuelve, mejor dicho, cuanto màs firmemente una sostiene la teorìa de seguir camino, como una bandera... bueno, màs se sube una al tren de chocolate. Es un vicio, pero tambièn una necesidad. Mirando por la ventana, siempre viajando a la inversa, se mira el camino que se dejò, el camino mantecol que se va abriendo a medida que el tren-tranvìa avanza, porque avanza igual, nos lleva de la nuca, y acà queda afirmada la regla, por màs que se vuelve, se sigue yendo, hacia adelante.
Excepción Clase B, mejor tipo 2, porque pareciera que es menos importante... "la vuelta atràs en coche nuevo".
Es una forma imprevista. Una se baja de donde sea, o se sube a un mòvil, y de golpe se da cuenta que ese paisaje es el mismo, que nos cambiaron de nombre las calles pero son gemelas, que la luz, la luz, corta el aire de la mismìsima forma. Entonces parece imposible, pero no es que nos hayan engañado, es que una se confundiò, a veces puede suceder, y se subiò a las tazas locas, entonces parece que avanza, pero no, gira, y de tanto girar, vuelve al mismo lugar, pero ... Primero la magnìfica ilusiòn de despegar y volar si maniobramos con fuerza el volante. Segundo, se avanzò en espiral, hacia afuera, o hacia adentro, como màs guste uno avanzar, pero ya no se està en el centro, porque para salir de las tazas y cambiar de juego hay que estar en el borde, y se empezò desde el medio. Entonces tambièn es avance, màs lento claro, si andàs dando vuelta en cìrculo es màs difìcil avanzar. Pero es avance de todos modos, por la espiral. Siento que esta forma es difìcil de explicar, sobre todo el avance, pero crèanme, se avanza, y suele ser la forma màs legitimada socialmente de avanzar, con el retroceso permitido, quizà porque yendo en espiral no tenès màs opciòn que mirar de vez en cuando las caras de tus coetàneos que andan girando como vos, con vos... he ahì la legitimaciòn social.
Excepciòn tipo 3. "de los coetàneos a lo que me llevo pegado al cuerpo".
Hay rarìsimas excepciones de aquellos que deciden avanzar contigo, rarìsimas, contadas. Pareciera de golpe que una anda en una cinta caminadora y sigue en el mismo lugar, pero es solo la sensaciòn. Porque el paisaje cambia, solo que mirar ese rostro, esos ojos, agarrar esa mano amiga... Vamos caminando, aquì se respira lucha. Y en la calle codo a codo, somos mucho màs que dos. Toma mi mano hermano, vamos a caminar... etc. En todos los àmbitos, hay quienes caminan juntos, y da la sensaciòn de estarse quieto, de presente eterno, porque eso, por los ojos, porque puedo dejar de mirar para adelante, y sin duda no mirar para atràs, y seguir avanzando con la mirada clavada, en la mirada clavada. Y es la forma mejor de avanzar. Aunque disfrute de las otras. Es la forma mejor de avanzar.
Entonces volviendo a la pregunta inicial, nunca vuelvo a ver a nadie... simplemente veo a quienes no he dejado de ver. Lo demàs es puro recuerdo, o relàmpagos de vidas ajenas en la vertiginosa espiral de la vida. Asì avanzo, empujada y sostenida por la excepciòn.
*El tìtulo fue un acto fallido. Està claro que iba a poner a la regla pero por alguna razòn mi mente puso guerra. Me quedè pensando no en el vìnculo entre guerra y regla sino en por què no pude poner regla... primero pensè en la menstruaciòn, y ahora pienso en los lìmites... debe haber algo de todos modos, y por sobre todo, por debajo, algo de guerra y condiciòn femenina, esto de ser mujer guerrera.O algo asì.
J.C.B
Hay dìas difìciles. Hoy es uno de ellos. Me despertè con una tristeza tibia. No voy a esquivar las ganas de llorar, pero tampoco voy a apurarlas. Cuando uno apura un vaso o se derrama o te patea el hìgado, o lo que es peor se te sube a la cabeza y andàs por la calle diciendo estupideces. Mejor dejar ahì el vaso, la taza tibia, en el pecho, aùn no està en la garganta.
Todo corre el riesgo de ser magnificado... esa ausencia, esa espera, esa canciòn.
Y sobre todo la permanencia oculta de la verdadera raìz del espanto. Sì, ahora dije espanto.
Me sobrevivì a tantas calamidades, me dispuse de frente para frenar y atravesar tormentas. Heme aquì, entera, màs fuerte. Pero el recuerdo ¡mi Dios! El recuerdo de la angustia aterroriza a los màs fuertes.
Sì, cariño, me puse bien, vos sabìas. Pero esta manta tèrmica sigue pegada a mì, y cada tanto me toma por sorpresa. Si me hubiera quedado, si me hubiera quedado...no, es simplemente esta manta tèrmica la que me lleva a pensar eso, nunca hubo dònde quedarse.
Fue culpa de Baglietto creo yo, porque me remontò a mi adolescencia, la verdadera, la otra, en la que las angustias superaban mi capacidad de salto. Ahora sè saltar, sè volar, sè nadar. Puedo irme, puedo irme.... Y quedarse my dear, quedarse siempre es un peligro.
viernes, 30 de diciembre de 2011
amigdalitis
Si te extirpan unas amìgdalas, unas determinadas que andan escondidas en el cerebro... se va el miedo. Todo el miedo.
Ella pidiò que le extirparan eso, eso que ni podìa pronunciar, porque no entendìa, y todo lo que no entendìa le daba escalofrìos, temblores, pànico... miedo.
Empezò como una sensaciòn frìa, solamente como eso. Ahì en la panza, donde suele haber sensaciones càlidas en los momentos otros. Hacía rato que lo cálido era cosa del espacio de la nostalgia. El frío fue como un golpe, casi sintió náuseas, pero no dijo nada. Nada salió de su boca, ni sonido ni vómito.
Sólo que el frío no se fue, se quedó, ya no de golpe, sino como una permanencia profunda, que se expande, que contagia.
Y sus ojos congelados por dentro oscurecieron los lugares que habitaba su cuerpo.
La llama de la hornalla, la ventana del balcón abierta, entornada más bien, la tele ahí encendida como quien existe más allá de toda certeza.
Siguió como si nada. Aparentar tiende a ser una buena forma de ahuyentar a los perros. ¿Nadie olìa su miedo?
Un día lloró, se ve que el clima permitió derretir todo aquello del estómago. Lloró, lloró... y ese nudo en la garganta seguía, seguía, pero más suelto. Entremedio del nudo corría su agua, ahora tibia, ahora fría, ahora suya, ella corría por su propia garganta, que a un tiempo se ocluia y a un tiempo se expandía...
Siempre tuvo las amígdalas grandes, y su madre, ella no tenía amígdalas, alguien se las había quitado de niña, por infecciones recurrentes. Ya no se suele hacer eso, dicen que sirven para defenderse. Pero claro, el miedo sirve para defenderse, el pavor... el pavor.
Bueno, bueno, no exageres mariposa, pavor, pavor, lo que se dice pavor.... estuviste triste y ya. Y sì, tuviste miedo. Extirparse el miedo, extirparse el miedo.
La idea la sacò de la tele, que andaba ahì, suelta, como si tal cosa. Esas otras amìgdalas, siempre es eso otro, que es similar pero profundamente distinto. Convergencia adaptativa.
Arrebatarse eso suyo, su propio cuerpo, para poder seguir. Y si fuera necesario amputar una extremidad tambièn, pero en este caso era una mìnima parte, que se expandìa, irracionalmente.
El mèdico dijo que no, que de ninguna manera. Ella sabìa desde el principio cuàl serìa la respuesta, pero tuvo que intentar, preguntar. Y ahì nomàs se largò a llorar, llorò largamente, el mèdico la dejò sola en su consultorio, y las luces se apagaron, y ella tuvo miedo, mucho miedo, pero no dejò de llorar, porque si dejaba de hacerlo, podrìa cerràrsele la garganta, asfixiarse con su propio miedo.
Cuando aqueja el terror las amìgdalas se inflaman.... puede ocurrir.
Fantaseò un segundo con una idea, sacarse el cerebro y lavarlo, con agua tibia claro. Hundir los dedos con las uñas bien cortas para no lastimarse en las hendiduras, en los surcos. Sacar toda la mugre, incluso acariciar las amìgdalas esas benditas, acercar los labios a ellas y besarlas, para que se calmen, para que no teman màs, o no teman tanto. Y luego, con el cerebro pulido, volver a colocàrselo, como quien acomoda un sombrero, y salir a la vida, renovada.
Tonta, tonta, diez mil veces idiota, es imposible. Es por esas cosas sin sentido que leès y miràs, es por la tele que anda ahì como desprevenida, esperando que la patees, que la desconectes.
Se acercò a un vidrio de un negocio, era de noche ya. Podìa verse a sì misma con màs claridad que a los productos adentro. Se mirò, largamente, en ese falso espejo que la pintaba oscura y transparente, bendita contradicciòn, que le dibujaba en el pecho un auto que pasaba por detràs, o el vaya a saber què cosa que se vendìa en ese, sì, quiero decir escaparate. Sus ojos, no, no podìa ver sus ojos. Sus labios se echaban hacia abajo, y llevaba en sus manos una bolsa muy pesada, la dejò ahì. Ni siquiera quiso pensar què tendrìa adentro.
Se siguiò mirando un rato, se peinò. Se volviò a peinar.
Continuò su camino. Por la ciudad, por la ciudad. Podrìa cruzarse con cualquier persona, y no la reconocerìa. Ella a ellos, ni ellos a ella.
Continuó su camino, como si existiera tal cosa, y su cerebro ahí. Sin amígdalas todo sería mejor, pero ahí estaban las amígdalas, gritándole que no cruce la avenida con el semáforo en verde para los autos, gritándolo que algo hay que comer porque sino te desmayàs, gritándole que la locura, que la locura viene de adentro, y sale para afuera. Como ella esa noche, que no sabe bien cuándo ni cómo salió, pero tenía una idea en la cabeza, que nadie le pudo sacar.
Llegó a su casa y tomó una pinza, una de esas pequeñas de depilar, escarbó por su nariz, mirándose al espejo del baño. Escarbó y escarbó, increíblemente no tenía miedo. Tocó el fondo, tocó el fondo, no de su nariz, de su cráneo, de la masa arremolinada que dormía insomne dentro de su cráneo. Continuó buscando, sintió sabores, olores, colores, sonidos, recuerdos, nostalgias... y de golpe el puñetazo frío en el estómago. Sonrió. Ahí estaba. Cortó un trozo, no todo, en ese momento entendió que no todo, sólo un poco, lo necesario.
Lo tiró en el inodoro, tiró la cadena. Se lavó la cara con agua tibia, con agua tibia... no había otra agua en verano. Y se fue a dormir. Mañana, mañana será otro día.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Algo áspero y veloz
Todo se complica cuando hay arena, ahí en las comisuras de los labios, ahí entre los dedos de los pies y de las manos. Difícil caminar, salen ampollas. Las ampollas se explotan y duelen y gritan en este verano atroz. Debería dormir.
La música mía es siempre la misma, las voces oscuras que adormecen ese hígado. Ahí vienen los fantasmas, los de siempre y sus amigos, esos otros con puñales y puñetazos. Vengan aquí está mi estómago, mi esofago, el resto de mis tripas. Pero mi hígado está dormido, no sufriré mientras así sea.
El corazón es otra cosa, es solo un puente, todo pasa por ahí, él no sufre, ve sufrir.
Y yo, qué soy yo? No, no la suma de las partes.
Y yo, ese todo que se desmembra minuto a minuto, quisiera dormir, para despertar y volver a dormir. Irme, como quien se desliza hacia ningún lugar, y volver a empezar, pero en serio. Lejos, de mí, donde esta música y estos fantasmas no puedan encontrarme.
He de cortarme la cabeza para dejar a los fantasma habitando su escondite. He de correr descalza de nuevo, una y mil veces, mirarme sin ternura, enternecerme con cualquier otra imagen que resultará siempre más piadosa que yo. Porque la arena también está en el ojo, y mirar duele, pero también cerrar los ojos. No hay rincón confortable.
"no se acomoden en este mundo" Dijo San Pablo. ¿Cómo hacerlo? Si el mundo nos expulsa, nos escupe, nos arrolla. Qué mérito tengo en sufrir, en padecer, en poner el pecho a esta balacera si no hay otra opción, si tienen mis manos atadas a estos árboles, y mirar de frente es sólo por curiosidad, para ver quién me mata, quién me mata.
No podré desatarme, ni tampoco quitarte el arma, pero mis ojos arenosos quedarán incrustados en tu memoria, y no dormirás de noche, como yo no he de dormir ya nunca más. Y sufrirás la culpa, la culpa, la horrorosa culpa de dejar huérfanos a mis fantasmas. Que habrán de perseguirte, que habrán de habitarte, de expropiarte de tus otros pensamientos, y cuando te vacíen, cuando tu cabeza quede vaciada de vos y habitada por todos mis muertos, entonces volveré en mis muertos, y seré libre.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Mersa
Arriesgarse, un poquito, cuando ya todo está consumado. Nada nunca está consumado, todo fluye, se transforma. Y ahí vamos nosotros.
De repente todo es menos áspero. Y yo también fluyo.
Cuando comencé, como siempre, quise que esta vez fuera en serio. Que las palabras fueran pronósticos y quedarme yo callada.
Lo que ocurre es que siempre es más tentador ver hasta dónde, buscar el límite más allá del límite. Cuando todo deja de ser blando y comienza el golpe. Es más tentador y allí vamos, para extendernos, para no ser sólo lo que nos alcanza entre las yemas de cada dedo mayor de las manos estiradas a los lados. Si puedo ser todo, absolutamente todo, hasta donde no pueda ser, e implote.
Volver sobre lo escrito, y pasarlo a palabras ajenas, en el solo acto de leerlo.
Ahí va mi subjetividad, construida, toqueteada, ahí va, lejos mío, y la veo irse y me siento plena, porque ajena a mí es una obra completa.
Todo lo completo es aquello de lo que carezco. Es así, en todas sus dimensiones, en la dimensión agradable del ya acabé, pero también en la dimensión de la pérdida, de la eterna falta de aquello que nos fue quitado.
Varios intentos costó decir ilusión. Parece una infamia nombrarla, una imbecilidad creer posible. .. Ir, siempre ir... cuando las venas duelen de estar tan quietas, cuando se quiere volar, y es tan sencillo en los sueños. Sólo arrojarse, me hincho y me estiro. Allí me aguarda quizá algo chocolate, algo tibio, algo nuestro.
Quise ser dos, quise ser un vos, quise ser, ajena a mí, y la realidad me devolvía sólo un espejo.
Cuando chica solí inventar, la ficción es la realidad que nos completa, en varios ciclos, y ciclos, y ciclos. Ahora grande, ya grande, ya adulta, puedo decir las cosas más horribles esta noche. Pero mejor me callo, pero mejor me duermo, y tal vez caiga, y vuele, pero tal vez también diga, y tal vez vea tu rostro, o el mío, y tal vez mañana, porque puedo escrbir hoy sobre mañana y también sobre ayer pero no sobre hoy, hoy lo vivo... digo que tal vez mañana, te mire, a alguien, y te diga, a alguien que ya, que ya, que mejor dormir, hasta que todo pase... y quizá mañana me digas que ya que ya, que a partir de hoy, me cuidás.
domingo, 6 de noviembre de 2011
emotions
Ya quedan muy pocos días por caer. Ansío y temo. Cuando el calendario termine veré la puerta, ahí, como una provocación insolente.
Dejé las palabras estancadas hasta tu vuelta. Y me obligué a olvidar que volverías. Para poder vivir en el medio, un poco aunque sea.
Pensar en mí. Pensar en mí. Pensar en mí.
Lo dije tres veces y siento que en el espejo a mis espaldas aparece el monstruo verde. Siempre verde. Pero no me da miedo lo verde, sólo lo aborezco.
Todo lo que odio de mí está ahí, cada vez que lo miro. Y ayer no me di cuenta, como no me doy cuenta casi siempre de las cosas, hasta que luego, a la distancia miro y analizo.
El púber decía que los sentimientos son acá (mano en el pecho) y las emociones son acá (mano en la frente). Todos dudamos, los sentimientos en el pecho... en eso hubo acuerdo, y la metáfora de la sangre, y lo que circula por dentro. Pero la mano en la frente quedó muy corta. Hubiera sido un poco engorroso tocarse todo el cuerpo para denotar dónde se ubican las emociones, y estuvo bien que así no se hiciera, pero lo cierto es que para llegar a la frente, a escribirse de tal modo que cuando una se mire al espejo pueda leerlas con claridad, las emociones deben ser dormidas a la fuerza, hipnotizadas, o extraídas con pinzas quirúrgicas. Eso o esperar que se entibien. No hay espejos que expliquen el momento de fervor.
Y esto lo escribo con la frente, qué alivio no sentir cuando no se siente.
Y escribo sentir y ahí nomás quisiera llorar de nuevo.
En el colectivo pasó de repente. Sentí miedo, mucho. Era estúpido, lo sé, pero sentí miedo. El loco se subió a gritar que nos iba a matar a todos, que todo era una mugre, que vendría por nosotros y por nuestros hijos. Y yo tuve miedo por los hijos que no tengo, porque entendí la amenaza. La escena no podía terminar bien. Y yo me bajé antes del colectivo. Porque estaba llorando, porque no mirarlo de frente y rezar y rezar, no fue suficiente para detener la angustia. Me quedaba por delante una hora de viaje, y el loco ahí, pegado a mi hombro. Si él no terminaba matándonos a todos terminaría yo, no podía tolerarlo, la presión adentro de mi cabeza crecía y crecía, y estaba tan pero tan sola. Quisiera que el señor que viaja al lado mío me abrace pero no quedaría bien. Me pego a él, como si su cercanía fuera a protejerme... el loco está pegado a mí, como si mi cercanía fuera a permitirle... Todos nos pegamos. Y yo siento mucha envidia por la gente que recién se sube, porque pueden decidir, pueden elegir, pueden irse lejos. Y siento mucha intriga por los que viajan como yo porque nadie dice nada. Y el loco grita, grita, que la presidenta está sola que pobre la presidenta... y sólo eso me faltaba. Tengo miedo de empezar a gritar yo, de ser tan loca como él. Y siento que soy la que está más expuesta, sólo a mí me toca el loco.
Me bajé del colectivo, en cualquier lugar, lloré mientras caminaba. En Chacarita. Caminé hacia el cementerio y me sentí dudosamente más segura. Los muertos no gritan, no joden. La gente, el ruido, el smog profundo. Puedo llorar y nadie lo nota. Quiero estar en casa, quiero meterme en la cama y dormirme, mucho, mucho. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas.
Digo esto tres veces y en el espejo no se aparece nada.
colectivo
Ya quedan muy pocos días por caer. Ansío y temo. Cuando el calendario termine veré la puerta, ahí, como una provocación insolente.
Dejé las palabras estancadas hasta tu vuelta. Y me obligué a olvidar que volverías. Para poder vivir en el medio, un poco aunque sea.
Pensar en mí. Pensar en mí. Pensar en mí.
Lo dije tres veces y siento que en el espejo a mis espaldas aparece el monstruo verde. Siempre verde. Pero no me da miedo lo verde, sólo lo aborezco.
Todo lo que odio de mí está ahí, cada vez que lo miro. Y ayer no me di cuenta, como no me doy cuenta casi siempre de las cosas, hasta que luego, a la distancia miro y analizo.
El púber decía que los sentimientos son acá (mano en el pecho) y las emociones son acá (mano en la frente). Todos dudamos, los sentimientos en el pecho... en eso hubo acuerdo, y la metáfora de la sangre, y lo que circula por dentro. Pero la mano en la frente quedó muy corta. Hubiera sido un poco engorroso tocarse todo el cuerpo para denotar dónde se ubican las emociones, y estuvo bien que así no se hiciera, pero lo cierto es que para llegar a la frente, a escribirse de tal modo que cuando una se mire al espejo pueda leerlas con claridad, las emociones deben ser dormidas a la fuerza, hipnotizadas, o extraídas con pinzas quirúrgicas. Eso o esperar que se entibien. No hay espejos que expliquen el momento de fervor.
Y esto lo escribo con la frente, qué alivio no sentir cuando no se siente.
Y escribo sentir y ahí nomás quisiera llorar de nuevo.
En el colectivo pasó de repente. Sentí miedo, mucho. Era estúpido, lo sé, pero sentí miedo. El loco se subió a gritar que nos iba a matar a todos, que todo era una mugre, que vendría por nosotros y por nuestros hijos. Y yo tuve miedo por los hijos que no tengo, porque entendí la amenaza. La escena no podía terminar bien. Y yo me bajé antes del colectivo. Porque estaba llorando, porque no mirarlo de frente y rezar y rezar, no fue suficiente para detener la angustia. Me quedaba por delante una hora de viaje, y el loco ahí, pegado a mi hombro. Si él no terminaba matándonos a todos terminaría yo, no podía tolerarlo, la presión adentro de mi cabeza crecía y crecía, y estaba tan pero tan sola. Quisiera que el señor que viaja al lado mío me abrace pero no quedaría bien. Me pego a él, como si su cercanía fuera a protejerme... el loco está pegado a mí, como si mi cercanía fuera a permitirle... Todos nos pegamos. Y yo siento mucha envidia por la gente que recién se sube, porque pueden decidir, pueden elegir, pueden irse lejos. Y siento mucha intriga por los que viajan como yo porque nadie dice nada. Y el loco grita, grita, que la presidenta está sola que pobre la presidenta... y sólo eso me faltaba. Tengo miedo de empezar a gritar yo, de ser tan loca como él. Y siento que soy la que está más expuesta, sólo a mí me toca el loco.
Me bajé del colectivo, en cualquier lugar, lloré mientras caminaba. En Chacarita. Caminé hacia el cementerio y me sentí dudosamente más segura. Los muertos no gritan, no joden. La gente, el ruido, el smog profundo. Puedo llorar y nadie lo nota. Quiero estar en casa, quiero meterme en la cama y dormirme, mucho, mucho. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas. Quiero que me pasen cosas lindas.
Digo esto tres veces y en el espejo no se aparece nada.
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